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mundo gris

Víspera de año nuevo. Dos minutos para el cambio.

No había más que alegría afuera del departamento. Ruidos de autos, de gente y de risas se confundían con las que ya sonaban dentro del viejo edificio. Todo parecía contaminado de vida. Todo menos su vida.

Sombras grises se perfilaban tras la ventana y alrededor de la fría y insípida habitación. Algunas se movían, otras permanecían estáticas. Pero era siempre lo mismo: El mismo color en distinta tonalidad. Nada había cambiado jamás en su existencia. El rostro de su madre había sido siempre una mancha gris, y los contornos de su padre -los más oscuros que había observado- poco duraron cuando se calzó por última vez el uniforme, marchando orgulloso a una muerte programada. Una forma de morir que el había decidido imitar, sentándose en su cama con su arma recién comprada reposando delicadamente en su mano, como un acto de respecto hacia aquella herramienta libertadora.

No era depresión. No era angustia ante la vida. Tal vez sólo en parte aquello último. El hecho de nacer con aquella condición grisácea sentía que le había limitado de poder disfrutar o sentir empatía o calidez hacia la gente que se había acercado a él. Un vacío que ni siquiera sus padres o sus familiares pudieron solventar a lo largo de los años. Atrapado en su propio laberinto y oscuridad, sólo se le había ocurrido anhelar por una oscuridad definitiva: Un Final. El Final. Sólo podía conseguirse de un modo, para el cual se había preparado desde que se había gestado la idea en su mente, que como un cáncer se había estado enraizando lenta e inexorablemente como una lógica innegable.

La obsesión con la muerte le había perseguido durante décadas, como un pequeño roedor que creaba galerías más y más grandes en su cerebro, consumiendo todos los otros pensamientos e ideas; incluso los más locos y disparatados sueños de su juventud. Ahora, en ese apartamento lleno de tonos grises, en esa ciudad gris, que formaba parte de un mundo gris, había llegado el momento de partir, y se sentía listo para el estallido, la liberación de la chispa, el frío escalofrío que le envolvería y, al fin, el afectuoso abrazo de la muerte: La oscuridad final.

Ceremoniosamente, buscando sincronizar el momento con el inicio del nuevo año, acercaba la boca del arma a su mentón, jugueteando con el martillo y con el tiempo que le quedaba, disfrutando cada instante del proceso con una sonrisa esperanzada. Se detuvo de golpe, sin embargo, cuando la puerta comenzó a brillar con tonalidades nunca antes vistas por sus ojos: Era más oscuro que el gris, pero al mismo tiempo más claro. ¿Qué estaba pasando? Su asombro iría en aumento cuando, de la nada, la puerta le habló: Alguien tocaba, de forma insegura y pausada. ¿La sorpresa le ganaría a la ansiedad?

Escondió rápido el arma en su mesita de noche y marchó hacia la puerta. Temeroso, giró la manilla y desplazó la madera, que como barrera le obstruía su vista a la criatura más hermosa y detallada que había visto: Largos cabellos, ojos curvilíneos y sensuales, una boca formada y redonda, una piel tersa y suave. Aquel cuerpo entero brillaba en grises jamás vistos en su vida, y sin embargo aquella figura inefable tenía la mirada ofuscada por una mezcla de timidez y pena. Cediendo ante el peso de la situación, y abriendo la puerta sin ningún trabajo, dejó que la muchacha entrara. Disculpándose, ésta le explicó que no quería pasar el año nuevo sola. Se sentía triste y abandonada, primero por ahora su ex pareja, y luego por su conflictiva familia, que no había sido capaz de ponerse de acuerdo para visitarla.

Conversaron. Él, sin ningún otro motivo más que la claridad con la que la veía y la confianza que le inspiraba encontrarse con aquella absurda situación, quería contarle todo sobre él, sus inquietudes, su condición. Sólo se reservó un detalle: El que creía que era su destino. Ella, por su parte, le narraba, cada vez más animada, cosas de su familia, de quien creía que la amaba y la consentía cuando en realidad sólo buscaba poseerla como un objeto más en su casa.

¿Por qué había acudido a él en primer lugar? Habiéndole considerado una persona reservada, pero amable y bondadosa, había querido acercarse y hablarle múltiples veces antes, considerando que eran vecinos no tan lejanos; pero jamás se habían encontrado, y su pareja tampoco le había permitido acercarse, debido a sus celos enfermizos y su necesidad de querer controlar cada aspecto de su vida. Ahora todo eso había terminado, y quería que su nuevo año fuera el comienzo de una gran aventura.

Habían pasado tanto tiempo charlando que ni siquiera repararon en el alboroto que ocurría afuera, ni en el griterío afuera de su apartamento que significaba el inicio de un nuevo año y el fracaso de sus planes. Cuando repararon en ello, él sólo sintió una pequeña sensación de lástima, mientras que ella se lanzó a sus brazos para felicitarlo. Cuando sus cuerpos se juntaron, el color se infiltró por todos los rincones de sus ojos ciegos, deslumbrándolo con todas aquellas cosas que jamás había podido ver con claridad: Mesas, sillas, ventanas… todo brillaba con colores radiantes y marcados, que él, en su ignorancia, seguía percibiendo como grises nuevos. La estrechó fuerte en sus brazos, en agradecimiento, aunque ella nunca supiera a qué se debía.

Llegó el momento de soltarse y volver a los tonos conocidos, apenas delineados, como garrapateos hechos por un mal dibujante. También tocó despedirse, esto pareció afectarles a ambos por un instante; pero en un impulso, ella le propuso volver a verse. Le hizo prometerlo, algo que se aceptó sin miramientos. Cuando ella se devolvió, el color que la rodeaba también desapareció. Él sólo pudo suspirar, recostarse en la cama y pensar en lo vivido. Era la primera vez que hacía una promesa.

Esa noche el arma voló por la ventana.

El momento podría esperar un poco más.

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