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estacion de radio

¿Cómo saber si estamos solos?

La explosión, las campanadas, las alarmas, los gritos, el llamado al último terror antes del fin. Era todo lo mismo: El principio de un final vaticinado, y sin embargo ahora irrelevante. Cada hombre y mujer estaba por su cuenta entre los llantos, el estrépito y el caos que asolaba el planeta. Era todo lo mismo…

Rodeado por el desastre inminente, atrapado en su refugio bajo tierra, solo, pero sin resignarse a su suerte, un hombre preparado prendía, con grandes esperanzas, su radio de onda larga. Esperaba poder ponerse en contacto con sus amigos, de las mismas costumbres paranoicas. Siendo un hombre sin familia, el contacto con ellos era lo único que tenía. Lo único en lo que podía confiar.

Nada.

El silencio le impactó como el golpe de una piedra. Su respiración se volvió más agitada y nerviosa y el pulso aumentó: Tenían que haber escuchado, desde la seguridad de sus propios refugios; porque él  sabía que estaban bien, que estaban a salvo.

¿Lo sabía?

La tensión aumentaba en su interior. Su cabeza se llenaba de ideas desordenadas, propias y ajenas. Tenía un sólo miedo, gigantesco, atorado en la garganta. Le impedía tragar saliva, incluso concentrarse: Estaba aterrado.

Intentó otra vez, pero sólo la estática le hablaba de vuelta. La respiración se hacía cada vez más entrecortada, la ansiedad cada vez mayor. Sus músculos estaban tensos y la cabeza le pesaba sobre los hombros. Y aún así no pasaba nada…

¿Por qué no respondían? Intentó saludar, preguntar, inquirir, gritar, negociar, con todas las estaciones posibles, propias o ajenas, tan lejanas como China o Estados Unidos. Pero la respuesta, la estática cruel, burlesca, constante y sonante, seguía siendo igual, uniforme, cruel. Dolorosa para un corazón ya dañado y desesperado, al borde de un arrebato ciego de rabia e impotencia.

Y entonces, algo cambió. La radio chisporroteó ensordecedoramente por unos segundos y comenzó a transmitir unos débiles susurros humanos, en todos los idiomas. En todas las direcciones. Pequeñas voces dirigidas al mundo todavía existente, a la humanidad refugiada, pero aún presente; a los sobrevivientes.

El corazón le dió un brinco, tal vez demasiado brusco. Con la voz enronquecida por las lágrimas y la frustración reprimidas, buscó un canal de comunicación. Pero para su horror descubrió que sus amigos estaban presentes, conversando animadamente entre ellos y con otros. ¿No se preguntaban por él? ¿No lo buscaban? ¿No mostraban preocupación? Las tres respuestas eran “no”.

Con los dientes rechinando les gritó, les ordenó que le dieran explicaciones, que se comunicaran inmediatamente; pero su voz no tenía impacto ni repercusión en las acciones ni en las reacciones de aquellos hombres y mujeres, que continuaban sus vidas, indiferentes; hasta felices, de alguna manera.

Quiso romper la radio en mil pedazos, destruir todo lo que tenía, quemarlo todo. Tener a aquella gente frente a él para espetarles, denunciarles, recriminarles, recordarles todo lo que había hecho por ellos. Pero tuvo que contenerse. Nunca había sido lo suficientemente fuerte él mismo como para hacer algo así. Y así aunque les odiaba profundamente, no podía dejar de escuchar sus voces. Las únicas voces que le podrían frenar de un camino mas rápido a la locura.

Sacó unas botellas de Whisky y bebió. Bebió para huir, bebió para refugiarse, bebió para llenar el vacío; para llorar con más facilidad. La radio estaba dañada. La entrada estaba bloqueada. Estaba bajo tierra y completamente solo.

Su mas grande temor se había hecho realidad.

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