Salte la navegación

 

22f98152-873a-4160-b0d2-62b83865ef8e_l

Trabajo participante en un concurso literario y aproximación a la temática de mi futuro libro.

11 de Septiembre. 3048.

Era un gran día. O así tenía que creerlo María, una muchacha que decidió jugarse la vida con sus ahorros. Tras la ventana del tren expreso, tan recientemente instalado y tan endiabladamente caro, se traslucía por la ventana un paraje bellísimo e incomparable, acompañado por un sol que deslumbraba. ¿Sería suficiente para calmarla? Mientras distraía su mente en el mundo más allá de las gruesas murallas de una ciudad violenta que cada se hacía más pequeña, la pequeña criatura que había venido con ella reposaba inocentemente en su regazo, acurrucada junto a ella en el asiento 52.

María sonrió sinceramente al verla dormir. Helena era lo más importante en su vida, y valía cualquier sacrificio. Incluso el de afrontar lo desconocido. No había vuelta atrás ahora; no había manera de retractarse y retornar a un lugar al que sería bienvenida a una incertidumbre todavía más poderosa. “Tomé la decisión correcta” se repitió en voz baja, como en un suspiro.

Helena tenía un rostro hecho para sonreír. Los más hermosos ojos café, un cabello claro y un lunar en la nariz. Sus mejillas estaban rosadas por la luz del sol. Tenían esa característica particular. Tan sólo cuatro pequeños años de vida en su aún más diminuta alma. María, siguiendo un impulso repentino, miró su reflejo en el cristal; y tras el primer vistazo de juventud latente, notó no mucho después un rostro demacrado, ojeroso y desaliñado, cubierto de pecas y con un brillo inusualmente agradable de su pelo castaño ante la luz menguante del sol. Verse así le deprimió un poco más por dentro. Comenzaba el atardecer en su vida.

Fecha desconocida. Año desconocido.

La esfera dorada estaba sucumbiendo. Pronto dejaría de ver el deprimente estado en que se encontraba el mundo exterior y Aurion no sabía qué hacer.

Su hijo venía, prácticamente forzado, junto a él a comenzar una nueva vida. Sus contactos le habían permitido abordar aquel destartalado, carísimo pero imprescindible transporte para llegar hacia el cuartel, y mientras fingía estar durmiendo miles de pensamientos se arremolinaban en su mente. Más que nada, la injusta sensación de culpa.

Este gesto, este único gesto hacia su hijo, era estrictamente necesario para asegurar su supervivencia en un mundo cruel que ni siquiera era capaz de guiar su propio camino bien. No quedaban más que las ruinas que otros, los antiguos, habían dejado atrás, y la vida era sumamente despiadada con aquellos incapaces de valerse por sí mismos.

Pero el problema era la chica. Tenía que ser ella. A pesar de que buscó evitar que su hijo entrara en contacto con otros mientras lo criaba, para que no le afectara una eventual separación que podía llegar en cualquier momento, no pudo evitarla a ella, que llegó de la nada, y a la nada volvió, desapareciendo de la vida de su hijo en un abrir y cerrar de ojos. Sólo quedaba un viejo y destrozado libro, que éste leía con avidez en el viaje, ignorando por completo el mundo agonizante a su alrededor.

“No” reflexionó Aurion, lúcido, “El problema soy yo. Nunca he sido un padre para Dannyel: sólo un instructor frío, implacable y amargado de sus propios fracasos”.

Se acomodó un poco en el asiento rígido y contempló al lector que tenía enfrente como si fuera un extraño. Quería acercarse a él. Decirle que lo quería. Hacerle sentir que, a pesar de todo, era importante y valioso para él. Pero, ¿Cómo?

María no paraba de pensar en lo que haría una vez que llegara a su destino. ¿Cuál sería la mejor alternativa para ganarse la vida? Tenía que ser algo honesto. Lo más honesto posible, dadas las circunstancias. Pero se tragaría su orgullo de ser necesario. Lo importante era sobrevivir. Sobrevivir…

La verdad era que María estaba muerta de miedo, pero debía mantenerse firme en su decisión. Apretó su brazo derecho con fuerza para recordarse por qué estaba haciendo todo esto. Y por quien.

Comenzó con una mala decisión. La peor. La persona equivocada en el peor momento para tomar decisiones: La juventud prístina e inocente. El impulso rebelde incluso, que le llevó a dejar todo tras de sí por promesas que nunca llegaron, y le abrieron las puertas a una tortura que sólo un ahorro meticuloso y bien planeado le permitieron escapar. Pero no sola.

María tenía miedo de que aquella entidad sombría y con forma humana fuera capaz de perseguirla. Habían muchas ciudades, no obstante; y sería bastante improbable que tuviera los recursos, o el tiempo, o la obsesión para buscarla. Pero, ¿Estaba a salvo? Tenía tanto miedo…

Se inclinó hacia adelante y se sacudió la cabeza bruscamente, golpeándose con la palma la frente. Tenía que dejar de volver a eso una y otra vez. No le hacía bien en absoluto. Todo lo que importaba era Helena, que era todavía demasiado joven como para tener alguna idea de lo que ocurría. Pero cuando creciera, ¿Le diría?

Verla dormir fue como anestesiar la tensión acumulada en el cuerpo. Helena tenía una expresión angelical en el rostro. Quería despertarla con besos y abrazos. Decirle que era lo más importante en su vida, y que por ella daría todo. Hasta su propia vida maltrecha. Pero tenía un nudo en la garganta, y nada salía de sus labios.

“¿Cómo?” se repetía Aurion. “¿Cómo le digo?”

Comenzó a tener frío en el cuerpo, o en su viejísima alma, tal vez; y eso no le permitía concentrarse. Respiraba nervioso, y sentía que las palabras pujaban por salir, pero al mismo tiempo tenían miedo de hacerlo.

De la nada, se sintió estúpido por tener semejantes pensamientos: Frágil y débil de carácter. La relación estaba quebrada más allá de una posible reparación, ¿De qué le servía ablandarse ahora, que tanto tiempo había pasado? Sólo le traería problemas con su hijo, haciendo albergar esperanzas no correspondidas.

Pero las ganas de expresar ese sentimiento abrasaban su pecho. Era una sensación rarísima, de dolor, angustia y pena silenciosa. Como la que tuvo cuando perdió a su mujer; por la que no se permitió verter ni siquiera una lágrima. Nunca supo si había sido por su fría determinación, o porque realmente era incapaz de expresar esas emociones.

Pero ahora lo molestaban. No le permitían descansar. Parecían zarandearle, sacudirle bruscamente de su ensimismamiento. Asegurarse de quitarle toda su tranquilidad y convertirlo en un neurótico; y el problema era que no había tampoco mucho que hacer en el trayecto, salvo observar algunos detalles del trayecto, al paisaje, o interactuar con su hijo. El desteñido y apenas visible número del asiento se marcaba en una pequeña esquina: “52”. Habían varios puntos oxidados en todas partes, algunos donde el trabajo era realmente espectacular y otros donde los cuidadores trataban de ganar terreno. Había basura en el suelo.

El sol no paraba de agonizar. El tiempo se hacía eterno y parecía no haber ningún cambio en el paisaje, salvo los patrones en los árboles o la altura de las cumbres.

“Háblale”, escuchó, de súbito Aurion, que susurraba una voz. ¿Había sido el?

-Háblale-murmuraba en voz baja María, para sí misma. Para darse valor. ¿Pero por qué tenía que envalentonarse para algo tan simple? ¿No era acaso su hija? ¿No había cometido el acto más temerario y arriesgado por ella? ¿Por su bienestar?

Tal vez era precisamente ello. Esto podía marcar el comienzo definitivo del sacrificio de María. Trabajar extenuantemente, arriesgar el honor o la dignidad, vivir atemorizada de la incertidumbre de no saber qué ocurrirá mañana, y tener que tragarse toda esa pena y angustia silenciosas y sonreír cuando su hija llegara a preguntarle qué le pasaba. No podía evitar pensar en ella misma.

-Háblale-se repitió en silencio. Como para recordarse que tenía que hacerlo.

Con su mano acomodó a su hija en su regazo, y acarició con ternura una de sus mejillas. Como se tratara de una negociación, trataba de evitar el momento. ¿A qué demonios le tenía tanto miedo?

De pronto, ya hubiera sido por el movimiento del tren, las recientes acciones de su madre, alguna percepción sobrenatural o incluso una ridícula casualidad, Helena abrió los ojos lentamente y se los frotó, soñolienta aún.

-¿Ya llegamos, mami? Hace frío.

María negó con la cabeza y le rodeó el cuello a su hija con su propia bufanda, sin decir una palabra. Helena, evidentemente, notó su silencio.

-¿Qué pasa, mami? ¿Echas de menos a papá?

María sonrió, un poco satisfecha de saber que aquella no era ni siquiera una preocupación, pero tenía que mantener la farsa. Solo por un poco más.

-Sí, hijita. Pero ya vendrá. Tiene que terminar de trabajar.

Helena, todavía cansada, pero sin querer dormir, se sentó al lado de su madre, y la abrazó fuertemente. Para María había llegado el momento.

-¿Dannyel?-consultó Aurion por la atención de su hijo.

-Qué quieres-respondió Dannyel, cortante.

-Te quiero, hijo.

No hubo respuesta en varios minutos. Era como si hubiera ocurrido lo impensado, como si toda la lógica hubiera sido removida de la escena. Dannyel empezó a reírse estridentemente, atrayendo la atención de los pasajeros cercanos.

-¿Tú?-exclamó, con el rostro distorsionado- ¿Querer? ¿Qué sabes tú de querer, de entender, de preocuparse por otros? ¿Qué ideas tienes en tu cabeza salvo la de emprender este viaje sin regreso? ¿Afecto? Ni siquiera me enseñaste qué demonios era el afecto o el odio. Tuve que aprenderlo sólo. ¡Sólo así aprendí que la palabra odio existe, y que te incluye!

-Tiene razón, cariño-dijo Esmeralda, su mujer, con el cuerpo quemado hasta ser apenas reconocible-. Has sido negligente e irresponsable con nuestro pequeño, que te confié esperanzada en que no le harías conocer la crueldad de este mundo. ¿Acaso te olvidaste de lo que significa el amor? De hecho, ¿Crees que decirle que lo quieres ahora remendará el daño que le has hecho? Eres patético. Hubiera preferido que murieras tú en mi lugar.

-¿Para qué? Es mucho mejor así-dijo, sentada y relajada en el asiento, una amalgama de huesos, que chorreaban un líquido negro y espeso, mientras con su abrazo viscoso envolvía a Dannyel y Esmeralda, que correspondían con afecto-. Así puedo quedarme con los dos, como corresponde; como siempre debió haber sido. Porque tú fuiste yo, y yo seré tú. ¿No es cierto…?

Aurion notó que estaba en una pesadilla, pero no tenía control sobre ella. Debía pensar, transformar todo a su alrededor para escapar. Crear una historia.

-¿Mami?

-¿Si, bebé?

-¿Me cuentas una historia?

María vió la oportunidad que su hija le entregaba sin saber. Asintiendo a su petición, y con la brillantez de su mente paradójicamente iletrada, fue capaz de resumir su vida, sus ideas y su mensaje en nuevas palabras:

-Nació un día un chiquillo cuya madre, una mujer muy bella, falleció no mucho después. Su padre, un hombre duro y estricto, no le enseñó nada, porque éste, dentro de sí, no quería que su hijo sufriera, pasara penas ni se ensuciara del que consideraba un mundo cruel y perverso. Pero su propia crueldad con su hijo hizo que este se convirtiera en un muchacho tímido y asustadizo. Sólo la niña de la casa vecina logró convertirse en su amiga, y lentamente comenzó a cambiar su mundo.

Llegó a darse el hecho de que la mismísima fortuna quiso burlarse de la ingenuidad de aquel padre orgulloso y arrogante, que poseía en secreto un gran temor: El miedo contradictorio de perder a su hijo; lo único que sobrevivió a la pérdida de su mujer. Esta duda le crecía día a día, año tras año, y conforme aumentaba este temor, así también aumentaba la maldad para con su único primogénito. Era la única manera en que sabía expresarse. Lo que no sabía, sin embargo, era que la relación de su hijo y la muchacha crecía cada día, y ya tenían, juntos, un plan en marcha. Un día, el padre soñó con su mujer, quien le imploraba que hablara con su hijo, terminara el conflicto y le dijera que era importante para él. Cediendo a aquella intervención, y en un arrebato de emociones, buscó hacia su hijo para disculparse. Pero no estaba. Había huido hacia lo desconocido con la chica. Y así el padre, que había sido malvado, terminó solo, sin redimirse y sin saber qué paso con su hijo.

Helena había escuchado, en un silencio curioso, pero atento, aquel improvisado relato. Había algo en su expresión que le decía a María que aquella historia le había impactado. Lo malo era que no sabía de qué manera…

-Eso le pasa por ser malo-gruñó al fin, con un toque no menos adorable ni ingenuo para su edad. Su madre le acarició el cabello con ternura, en respuesta.

-Ahora ya sabes, hija: Si un día ves un hombre malo, déjalo solo. El peor castigo para su maldad es quedarse solos.

-¿Papá es un hombre malo?-preguntó, punzante y directamente, Helena. No habían segundas lecturas en sus ojos. Era, simplemente, una duda sincera.

María quedó anonadada por unos instantes. La claridad con la que veía su hija el mundo le daba esperanzas: La esperanza de que su hija jamás cometería los errores que ella cometió. Por un lado, ya no quería mentirle, pero sabía que tenía que esperar el momento apropiado; por el otro, tampoco quería darle una respuesta clara y concisa. Con el sol precipitándose, de rodillas, con la emoción y el miedo tratando de colarse por los ojos, con temblor en la voz, y con la mente llena de futuros inciertos, María tomó a Helena por los hombros y le habló desde el corazón:

-Hijita, lo único que importa ahora es que te amo. Eres lo más importante para mí y quiero que seas la mujer más feliz del mundo. Cuando lleguemos a la ciudad comenzaremos una aventura: La más grande que puedas imaginar. Y para eso te necesito. Si no trabajamos juntas, no podremos continuar…

La estrechó fuerte en sus brazos. El silencio que recibió de respuesta le dio a entender que tal vez no se había expresado como hubiera querido. Pero por ahora no le preocupaba: Había roto con sus miedos, y ahora que era libre de ese peso, las lágrimas rodaban por sus mejillas. Un instante digno de pintarse en un cuadro.

Aurion abrió los ojos de golpe, agitado y con todos los sentidos alerta. Pero no había nada de qué preocuparse. El tren continuaba, impávido, su ajetreo. Dannyel le miró extrañado por sobre la cubierta del libro, pero casi inmediatamente retomó la lectura.

Aprovechando el impulso, se levantó aparatosamente, y tras cruzar el pasillo y la puerta, se encontró con el sol y la furia huracanada que brotaba afuera del tren.

-No puedo. No puedo decirlo-musitó.

La palabra hacía eco en su mente. Tenía que combatirla, enfrentarse a su opresión. Pero sentía que no había llegado todavía su momento. Podía intentarlo, dar su mejor esfuerzo y ser sutil; pero las cosas no eran como en las historias de ficción. Tantos años representando un papel que no le correspondía habían hecho mella en su personalidad y en sus emociones. Sólo cabía esperar que su hijo, al final de todo, le perdonara.

El viento le arremolinaba el cabello, y lo empujaba con fuerza hacia adelante, casi impidiéndole ver el color naranja en el cielo. Tuvo que contentarse con respirar otro día y contemplar de nuevo, desde aquella armadura de emociones que le quedaba demasiado grande, el ocaso de otro día más en la tierra.

—————————————–

La imagen corresponde a Zhang Xiaogang. Para ver este y otros trabajos de su colección, entren a este Enlace.

Saludos

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: