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The Rain

No suelo mirar a la cara a la muerte. No obstante, no siempre ha sido por miedo. A veces no tiene ojos, o siquiera una cabeza que mirar…

Hoy me he encontrado un perro muerto. Uno de tantos otros. Completamente empapado por la lluvia, que todavía caía incesante, su cuerpo estaba desparramado en medio de la calle: abierto, aplastado, ignorado. Algo realmente repulsivo e inquietante de ver.

Esa vez miré a la muerte a los ojos, para que me recordara que existe y está en todas partes, aunque por costumbre ya no la podamos ver. Tal es la comodidad que nos entrega el no querer ver algo. Pero, a diferencia de todos los otros días y de todos los cómplices silenciosos, yo ese día no acepté esa cruel burla…

En un impulso del que todavía me asombro, ignoré todo peligro y todo ser vivo; tomé en brazos el cadáver y lo saqué de la serpiente de concreto, sobre la que cabalgan asesinos urbanos en bestias de cuatro ruedas. No les gustó, en particular, que hiciera esto; ni siquiera por sacar algo que claramente les incomodaba lo suficiente como para decidir ignorarlo. Tal vez se enfadaron porque soy un humano, y pueden irse a la cárcel si me hacen daño a mí. Un animal jamás tendría una oportunidad. Pero yo sí.

Apestaba. Mis manos rápidamente se llenaron de sangre y tripas y el hedor nauseabundo invadió mis fosas nasales. Mi propio cuerpo me imploraba abandonar a su suerte aquel amasijo de carne y huesos despojado del don de la vida; pero mi corazón dolido y mi orgullo me lo impedían: No había donde dejar su cuerpo.

¿Al costado del camino? Me parecía ridículo para el esfuerzo que había realizado. ¿En un agujero? No tenía un agujero, una pala, o un patio. Lo único que pude ver a mi alrededor fue un tarro de basura, bandeja para aquellos monstruos con dientes que comen todo lo que les arrojan.

Tan sólo un injusto, cruel e indigno tarro de basura…

Dejé esa calle derrotado, apesadumbrado, entristecido. Humillado. Cuando volví a notar a la gente que pasaba cerca mío, me miraban con asco y rechazo. Especialmente notable era el rostro contraído en repulsión de mujeres que nada sabían de lo que había hecho; que tal vez me confundían (o querían confundirme) con algún vagabundo trastornado…

¿Por qué el rechazo? ¿Por tener el valor de hacer algo que TODOS querían hacer pero nadie tuvo la intención de hacer en primer lugar? Estoy rodeado de hipócritas.

Hoy se ha perdido otro poco de sensibilidad y empatía entre nosotros mismos y lo que nos rodea; así como yo he perdido otro poco de fe en la humanidad.

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La foto pertenece a “SiberiANA”. Apoyen y visiten sus trabajos, visitando su perfil Aquí.

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