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Saturday Night at the Grapes, de Alice West.

En un bar de mala muerte, donde la suerte de sus clientes apenas puede ser vista o entendida, bebía solitario un hombre.

De corto cabello y larga barba, de ropas andrajosas y descuidado aspecto, parecía a todas luces un mendigo indecente que tenía la fortuna de poder contar con dinero con el que pagar su dotación de alcohol. Estaba callado, con la mirada fija en el vidrio de su jarra, meditabundo (o tal vez nauseabundo) sin tener mayores preocupaciones que beber sin parar. Pocos de los hombres que compartían su hábito en ese bar hubieran pensado que aquel despojo de humano era en realidad una persona bastante normal, moral y sencilla; tal vez ni siquiera merecedora de semejante vertedero humano. Pero aunque lo hubieran sabido a ninguno le hubiera importado o asombrado: Todos allí estaban igual o peor (de hecho peor, la mayoría del tiempo).

Era un bar con paredes de vistoza madera, un tanto enmohecida con el paso del tiempo y de clientes. Habían más sillas que mesas esparcidas a lo largo y ancho; y alrededor ya habían varios que dormían o estaban a punto de conseguirlo debido a la ingesta de sus dosis. Habían algunas ornamentaciones por aquí y por allá, en su mayoría con referencias nórdicas, pero nunca realmente importó: Las intenciones originales del dueño se vieron frustradas cuando sólo bebedores compulsivos entraron por las puertas de su bar. Lo único que sorprendía ahora era el hecho de que no las removiera; pero era obvio suponer la indiferencia o el apego sentimental. Después de todo, el lugar hubiera tenido un aspecto mucho más lúgubre y deprimente.

La única cosa que podía ser una auténtica tortura para aquellos caídos era el duro impacto con la realidad: En una de las murallas había un vidrio de considerable tamaño (y grosor, para aguantar castigos) que los exhibía ante el mundo exterior. Muchos de ellos se sentían avergonzados o humillados ante aquel doloroso predicamento… pero no lo suficiente como para dejar de beber; y mucho menos como para dejar el bar, al que estaban completamente atados. Eran desterrados, por su propia voluntad, del mundo. Todos sabían lo que hacían (o, al menos, al principio) y no pensaban cambiarlo. No hasta que la muerte dijera la última palabra. Pero fue gracias a esa ventana, curiosamente, que nuestro protagonista pudo descubrir una gran verdad.

Aún cuando todos sus sentidos yacían profundamente dormidos, algo en el ambiente le hizo rápidamente comenzar a recuperar la consciencia de sus actos: Algo único y diferente estaba sucediendo, que le estaba obligando, hasta biológicamente, a reaccionar. Pronto pudo asociarlo con una presencia. Fue lo primero que vino a su mente, así que siguió esa corazonada como hacía antaño, cuando todavía no era un borracho indecente. Levantando la mirada, libertándose del hipnótico trance en que lo tenía la ya demasiado conocida jarra, giró su pesado cuerpo hacia la ventana, sabiendo que la verdad vendría de allá afuera. Y esperó pacientemente, sabiendo de que estaba a cosa de segundos de ser del misterio el espectador. Tal vez sólo una vez.

Allí, tras la gruesa ventana, fue capaz de contemplar a la mujer más hermosa que hubiera podido imaginar: Esbelta, de elegante vestido rojo, con cabellos rubios que él de inmediato pudo razonar que eran en realidad teñidos, con una mirada perdida y decadente, labios de un rojo intenso cubiertos por un labial de color inferior, piernas atléticas y piel suave hasta para los ojos que la contemplaran y un sinfín de otros atributos, tanto notorios como apenas perceptibles, que se arremolinaban en un sólo ser; que parecía empecinado, por su actitud, en ocultar la verdadera fuerza de su belleza en nimiedades inferiores. Cronos, siempre juguetón y divertido, parecía haber vuelto todo más lento, como para darle tiempo a todos en el bar de mirar a aquella mujer, aunque fuera una fracción de segundo.

Pero el ya había visto todo lo que quería. Había contemplado hasta en los puntos más íntimos e imperceptibles y creía ya saberlo todo sobre ella. Explorada de esa manera, ahora ella tenía clavada, casi fundida en sus ojos los del hombre que con tanta devoción le admiraba, aún cuando nunca pudiera darse por enterada. Él lo sabía: Ella buscaba a alguien y no sabía su identidad. Podía ser una idea, un hombre, una mujer, un animal, la quimera más fantástica e indescriptible… o él. Esa misma razón lo había traído hacia el bar en primer lugar. La simple angustia y el miedo a la soledad habían podido más… y ahora se topaba con una mujer que llenaba todos los espacios y agujeros con que el tiempo le había proveído.

Pero aquel trance rápidamente desapareció de la expresión de la muchacha al aparecer su acompañante, un galán de alta alcurnia cuya descripción era completamente irrelevante. Tan sólo era su antítesis. Todo lo que detestaba y menospreciaba de lo humano estaba allí, encarnado, respirando cerca de aquella criatura casi divina que le quitaba a él su bendición y gracia, desapareciendo, abandonándole. Por él. Por nadie más que él.

Cuando regresó a su vaso ya no se sintió observador. Sólo observado. Todos los conscientes le habían rodeado. Todos los presentes le estaban asesinando con la vista. Todos sabían lo que había pasado, sin haberles contado absolutamente; y sin embargo ahí estaban, juzgándole: Por no correr, por no enfrentarse a la lluvia, por no partirle
la cara al petulante, por no besarla, por no dejar todo ese mundo atrás. Lo estaban acusando; delatando. Recriminándole. Pero su indiferencia era a prueba de la vida misma.

-Ahí se va el amor de mi vida-comentó. A todos. A nadie. Tranquilo, con un gesto del vaso, brindó por la larga vida de los allí reunidos. Y nada más.

No iría a ninguna parte y nunca lo hizo. La suya era una senda que no se abandonaba.

Todos lo sabían.

Era, al final de todo, una historia de amor que nunca comenzó.

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2 Comments

  1. Que obra de arte!!!! No me canso de leerte y fascinarme con tus letras, aunque son muy pocas las ocasiones en que te las alabo. Espero se reconozca tu trabajo, y es un honor poder leerte. Saludos y bendiciones desde Veracruz, Mexico..

    • El honor es el mío por tenerte de lector, o lectora. Te agradezco el haberte dado el tiempo de comentar. Curiosamente, me encuentro en el proceso de edición final del que podría ser mi primer libro. Esperemos que eso funcione…

      Un gran abrazo


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