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Baviera antigua

Habitación oscura. Llanto generalizado. Presión desgarradora en el pecho. Respiración agitada. Palabras transmitidas sin sentido ni significado. ¿Eran para él? El funcionario le miró con expresión severa, y todos los rostros con lágrimas le dirigían la mirada. La mano, temblorosa, tomó el papel que le extendieron…

Wilhelm abrió los ojos.

-¡Bavaria!-exclamó.

Los otros dos le miraron, como extrañados.

-Estamos en Bavaria-explicó, como si el profundo letargo le hubiera permitido llevarse consigo recuerdos escondidos. Tal vez demasiado escondidos. ¿Una parte de sí había querido olvidar en dónde se encontraban?

-Wilhelm -dijo Karl, después de que cruzó miradas con Friedrich-, descubrimos que estábamos en Bavaria hace unas tres horas. Eso fue, incluso, antes de que te quedaras dormido.

Efectivamente, Wilhelm, Friedrich y Karl se encontraban en la región de Bavaria, otrora un reino rival de Prusia, que ahora sostenía al último bastión de “conservadores” que se resistían a la idea de la unificación alemana. Allá había ido a parar Wilhelm, tiempo atrás, con tal de compartir su frustración con otros que pensaran igual, aún cuando involucrara nacionalismos diferentes, que más de una vez iniciaron un altercado (iniciados por él) en los que hubieron de auxiliar de una u otra forma sus amigos. No obstante, Frieda llegó a calmarlo todo, eventualmente. Pero ya no estaba.

Aunque nunca recordaron el nombre de la villa, era propiedad del Rey Otto, pese a que Luitpold, su tío, era el príncipe regente. Extraños rumores circulaban respecto a este último punto, pero a los tres viajeros le resultaban irrelevantes. Sólo estaban seguros de que podrían obtener más respuestas si llegaban al palacio. Sólo habían dos problemas muy considerables, de querer :

1) Eran viejos y débiles, lo que les quitaba las posibilidades de intervenir y convencer con la fuerza; y

2) No eran importantes como para entrar “por las buenas”, o inteligentes para hacerlo por el uso de la razón.

Para su mayor desgracia, los años de vejez y la inactividad habían dañado por completo su orientación. Al principio ni siquiera habían ido en la dirección correcta; tardándose cuatro días en darse cuenta de este solo hecho.

-¡Somos idiotas!-exclamó Wilhelm, recordando el hecho y reconociendo su propia implicancia en el asunto-. ¿Qué haremos ahora?

-¡Oh, yo te diré que haremos!-refunfuñó Friedrich-: Necesitamos deshacernos del aventón por carreta y conseguirnos un buen par de caballos.

-Pero comprar un caballo es carísimo, Friedrich…-insinuó Karl.

-¡Pues los robaremos, si es necesario!-exclamó Friedrich, arrogante.

Karl le tomó fuertemente del hombro, instantáneamente, pensando en si el dueño de la carreta habría escuchado aquella idea precipitada.

-¿Tienes idea de lo que estás diciendo? ¿Y cerca de quién lo estás diciendo?-le reprendió a Friedrich, en voz baja, pero con un tono fuerte y reprensivo-. Si nos descubren nos iremos a la cárcel, y si eso ocurre no podremos encontrar a Frieda, ¿Qué parte de “no somos jóvenes” no entiendes?

-Tal vez no tengamos que ir tan lejos-dijo Wilhelm-¡Miren allá!

No muy lejos del camino frente a ellos se hallaba una pequeña aldea. Tras pagar al hombre que les había dado la posibilidad de viajar, exploraron lo mejor posible las posibilidades de aquel lugar. Debido al hecho de estar buscando alguna posibilidad de poder ir a la par con el plan de Friedrich de adquirir (o robar) caballos, Wilhelm avistó de una manera absurdamente milagrosa un establo que incluso presentaba signos de no estar siendo vigilado en absoluto. Wilhelm y Friedrich caminaron de forma disimuladamente interesada hacia allá, seguidos de Karl; que pese a no estar de acuerdo no podía dejarlos solos.

-¿De verdad vamos a hacer esto?-susurró Karl, nervioso.

-¿Y tú que crees? ¿Que tenemos otra opción?

-Pues…-iba a empezar Karl cuando los otros dos le pusieron, cada uno, una mano en la boca para callarlo.

Habían abierto la puerta y se adentraron con una naturalidad e inocencia todavía fingidas, inspeccionando por separado los caballos con un interés distante, con el que pudieran disculparse en caso de que fueran sorprendidos. Algunos de los ejemplares se veían un tanto famélicos y mal alimentados. Wilhelm, después de observar unos cuantos, y recordar inevitablemente la marcha de las caballerías en el antaño, finalmente dió con uno bueno. Era negro, robusto y con líneas blancas en las patas delanteras.

-¡Bien! ¡Encontré uno y me lo quedo!-exclamó, tomando las riendas alegremente. Al hacer esto, no obstante, se detuvo en seco.

1) El caballo tenía silla y riendas puestas.

2) Al mismo tiempo que él, otra persona, desconocida, había tomado las riendas también.

Paralizado al principio ante aquel inesperado evento, Wilhelm levantó un puño, pero un golpe a la cara y al estómago más rápidos le tocaron primero, haciéndole retroceder hasta una de las paredes. El hombre, ignorándole, hizo ademán de subirse al caballo; pero no contaba con que Wilhelm, habiendo ya recibido una paliza por parte de los soldados, con el orgullo herido y una obstinación que nunca había menguado en su vida, se rehusaría a dejarle ir; por lo que antes siquiera de poder subirse, Wilhelm se había abalanzado salvajemente sobre él, y rompiendo con fuerza la puerta del caballo, cayeron al suelo, forcejeando violentamente.

Wilhelm no había alertado a sus amigos, llevado por el ciego orgullo y la certera convicción de que podía dominar la situación. Pero la verdad era que estaba perdiendo: Aún cuando había logrado agredir un par de veces a su desconocido oponente, éste estaba dominando la situación. Cada vez que podía le golpeaba el estómago a Wilhelm, y esto rápidamente inclinaba la balanza a favor del extraño. Inesperadamente, una tabla se rompió en la cabeza del visitante inesperado, aturdiéndole: Había sido Friedrich.

-Tenemos que irnos-logró articular, jadeando por la rapidez con que tuvo que actuar.

-Sólo dame un minuto-dijo Wilhelm con una sonrisa, nuevamente motivado gracias a las posibilidades ofrecidas en aquel momento.

Desde aquella posición ventajosa, agredió todo lo posible a su adversario, desquitándose para reinstalar su orgullo en el lugar que correspondía. El hombre, no obstante, no parecía en extremo dañado, sólo molesto por aquel ataque. Bastó con ponerse de pie para deshacerse fácilmente de Wilhelm y de Friedrich. No obstante, la prisa pareció invadirle de pronto, por lo que al sacarse de encima a los dos ancianos, decidió emprender la carrera hacia donde se encontraba el corcel ensillado… por lo que no esperaba que, saltados los obstáculos y abierta la puerta de estrépito, le recibiera una coz que lo enviara tan lejos. Desde el cubículo salió Karl, triunfante, ayudando a levantarse a sus compañeros, que no hicieron comentario alguno. El hombre, por su parte, apenas con fuerzas y respirando trabajosamente, se arrastraba lejos, buscando una huida desesperada.

-Malditas ironías-comentó Friedrich, tras lo cual escupió algo de sangre-: ¡Queríamos robar caballos y nos encontramos con un ladrón de verdad! Ahora, ¿Qué haremos?

-Darle una buena paliza. Decidimos luego-contestó Wilhelm, todavía enfadado. Los otros dos tuvieron que frenarle aquel impulso innecesario.

-¡Idiota, contrólate! ¡El dueño puede venir en cualquier momento! ¡Ya deja de comportarte como un niño!-le espetó Friedrich.

-Entonces ¿Qué sugieres que hagamos? ¿Que le dejemos huir y a nosotros  que nos acusen de ladrones así nada más?

-Hay una idea muchísimo mejor-dijo Karl-. Tú te desquitas, Friedrich se desquita y todos felices.

-¿Y en qué consistiría su brillante plan, señor?-preguntó Wilhelm, escéptico.

La puerta del establo se abrió de golpe, poniendo en alarma a todos los transeúntes cercanos, que se acercaron en grandes grupos. Por los aires voló brevemente, amarrado y magullado, el hombre que había tratado de robar el caballo, hasta que dió con el suelo. Alrededor de ellos, la gente, en un silencio sepulcral, sólo observaba los acontecimientos. Aquello no podía llevar a nada bueno.

-¡Ladrón! ¡Ladrón!-exclamaba Karl, denunciando el delito.

Pero no había reacción. Arrastrándose aún, el hombre del establo se aferró a la pierna de uno de lo transeúntes y, señalando a los ancianos con el dedo, intentó articular palabras, pero sólo salían graznidos de su boca: Era sordomudo. Al lado de este transeúnte había un policía, que acababa de llegar a la escena.

-¡Pero si es el hijo del dueño de la caballeriza!-exclamó el policía, convirtiendo el silencio en una tormenta de voces susurrantes, confundidas, calumniadoras y acusadoras- ¿Podría explicarme que significa esto?-preguntó, acercándose a Karl.

-Señor-comenzó Karl, tratando de justificar su acción, aún con lo visiblemente impactado de su expresión, ahora que cambiaban las circunstancias-… vimos a este joven en actitud sospechosa, y pensamos que estaba tratando de robar un caballo. Incluso atacó violentamente a mi compañero-dijo, señalando a Friedrich.

Friedrich, por otro lado, era el  sinónimo mismo de la palabra dolor. Golpeado y magullado, su sólo aspecto generaba lástima entre los presentes. El suficiente como para darle crédito a Karl.

Pero no fue suficiente: Sorpresivamente, el dueño del establo hizo su aparición, abriéndose paso entre la multitud para abrazar a su hijo.

-¡Hijo! ¡Hijo mío! ¿Qué le han hecho, monstruos?-vociferaba.

Karl, ante aquello, quedó completamente desarmado, sin saber que hacer. Wilhelm, quien no había perdido el tiempo, no se encontraba en el mismo problema.

-Explica esto-dijo, arrojando al lado de padre e hijo la silla de montar, de la que calló, entre otros objetos, un gran bolso, rebosante de dinero.

El dueño le dirigió una mirada furibunda.

-¡Ese dinero es para un familiar, imbécil!-le espetó a Wilhelm apenas posó los ojos sobre el bolso, y luego sobre él.

-Pruébalo-contestó inmediata y fríamente Wilhelm. El aludido quedó brevemente desconcertado y sin palabras, haciendo brotar ciertas sospechas entre los presentes.

-¿Por qué tengo que justificar mis actos?-dijo, al fin-. Explíquenme ustedes qué diablos estaban haciendo en mi establo.

-Siguiendo a quien creíamos un ladrón.

-Pruébenlo.

-La prueba la tiene usted.

El policía, que hasta ese momento se había mostrado dubitativo, intervino, tras una larga pausa en la que se había limitado solamente a escuchar:

-Muy bien, ustedes. Van a…

-¡Alto! ¡Alto!-le interrumpió una voz lejana, acallando la voz de la ley. Era otro anciano, que rápidamente se abría paso entre la multitud. Vestía un gracioso traje amarillento, desgastado por el tiempo. Era de baja estatura, de espesa barba y portaba grandes y gruesos anteojos-: Ese hombre me robó dinero-dijo, señalando al sordomudo, que con expresión aterrada, trató en vano de zafarse de la situación-. Pasó a visitarme y abusó de mi confianza.

-¿Puede probarlo?-sugirió el oficial.

-¡Claro que puedo! Todos mis billetes tienen una muesca en el lado superior derecho. ¡Así los reconozco!

Aquella maña tacaña, curiosamente, había dado un asombroso resultado para este caso. Esto agregaba un punto extra a las circunstancias afortunadas que beneficiaban a Karl, Friedrich y Wilhem.

-¡Dios Santo! ¡Claro que es cierto!-exclamó el policía, y ante la llegada de más uniformados, ya tenía claro su proceder-: Arresten a estos hombres y a los ancianos. Tienen muchas cosas que declarar.

-¡Por favor, no!-exclamó el hombrecillo, inesperadamente interviniendo-Gracias a ellos recuperé mi dinero. Por favor, acepten mi más sincero agradecimiento y lo que deseen solicitarme. Si es posible, se los cumpliré.

-Bueno-dijo Friedrich, sin pensar-, unas jarras de cerveza nos vendrían.. ¡Hey!-exclamó de pronto, cuando el codo de Karl se le clavó fuerte e intencionalmente en las costillas.

-Señor-dijo Wilhelm, con una expresión de desesperanza-, voy a tener que hacer inmediato uso de la ayuda que tan desinteresadamente me ofrece.  Necesito, de forma urgente, tres caballos para…

-Concedido.

Wilhelm y sus amigos quedaron sorprendidos, más allá de las palabras.

Bueno… eso fue fácil. Ni siquiera tuvimos que contar… ¡Para ya!-reaccionó Friedrich ante la repetida acción de su compañero.

-Llévense los tres mejores caballos del establo-dijo, serenamente, el excéntrico hombrecillo-. Ya me las arreglaré con el dueño-afirmó, con el cómplice guiño de un ojo-. Aunque no lo sepan, no puedo agradecerles lo suficiente por lo que hicieron por mí el día de hoy. No tienen idea de lo muy importante que será este día. Sólo espero que esto pueda servirles de ayuda, en lo que sea que estén haciendo.

-Aún así, tienen papeleo por hacer-dio el policía, arruinando un momento que podría haberse vuelto emotivo-. En marcha-sentenció, obligando a los tres amigos a moverse.

Tras el infierno en papeleo por el que tuvieron que cruzar, Karl, Wilhelm y Friedrich partían en sus nuevos caballos, bien equipados, de vuelta a los caminos, buscando las tierras del norte.

-¿Cómo supiste?-preguntó Karl a Wilhelm, de súbito.

-¿Qué cosa?

-El dinero robado. ¿Cómo te enteraste?

-Pensaba usar ese mismo caballo para sacarnos a los tres de aquella situación tan complicada. Me había logrado escabullir durante la discusión del momento, y al montar al caballo fui capaz de notarlo.

-Típico de Wilhelm-sonrió Friedrich, al fin sintiéndose afortunado-. ¿Y ahora a dónde vamos?

-Iré a preguntarle a aquel campesino-dijo Wilhelm, alegre y confiado. Karl y Friedrich lo vieron adelantarse, para luego intercambiar miradas.

-Sí que tiene suerte, ¿No?

-Sólo espero que no se le acabe antes de tiempo, o no volveremos a ver a Frieda-sentenció Karl, fríamente.

Friedrich iba a contestar a aquellas palabras tan sombrías, pero Wilhelm ya venía de vuelta. Venía apresurado, tanto que incluso pasó a sus compañeros, los que sólo atinaron a escuchar el grito:

-¡El norte es hacia el otro lado!

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2 Comments

  1. Esa escena de pelea pudo haber sido mejor, pero sin duda fue un relato grandioso! jaja xD que manera de amenizar una lectura si no es con una cuota de humor y perfecto desenlace, gracias! ;)

    • ¡Sería estupendo leer esas sugerencias! La idea de la narración (al menos desde mi punto de vista) es que se vaya perfeccionando.

      ¡Gracias por comentar!


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