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Inmersión

El agua se partió, sólo para él, para abrirle paso en sus entrañas. Sin palabras, sin miramientos, sin reflexiones, aquel cuerpo consciente se precipitó en las aguas gélidas para hundirse lo más pronto y rápido posible. De esta forma, esperó.

Esperó por el final.

El agua, paciente, esperó a que el oxígeno se consumiera por completo, y entonces se coló por cada orificio que pudo encontrar, y como si fueran cientos de agujas, se alojó estrepitosamente en los pulmones del joven, quien ya no podría respirar. Pero a él no le importaba. No lucharía en absoluto. Eso era lo que quería, al fin y al cabo.

Había querido cerrar los ojos, pero el dolor que comenzó a causarle el líquido en sus órganos empezó a aumentar, lo que le obligó a abrir los ojos, mientras trataba de controlar los espasmos que surgían involuntariamente, suplicándole aire, respirar, vivir. Pero quiso ignorarlo todo. Las burbujas, los peces y la lejana visión del fondo del lago se abrieron ante él, como un monstruo con las fauces abiertas, presto a devorar su alma. El miedo, en ese momento, lo invadió y le hizo tratar de alejarse, pero su cuerpo ya no parecía responder. El dolor y la falta de aire eran excesivos. No estaba preparado para esto. No obstante, ¿Cuantos segundos habían pasado? ¿Por qué el dolor no terminaba? ¿Por qué no moría todavía?

Pudo notar como una forma, a lo lejos, se hundía también, junto a él. Luego otras siluetas comenzaron a vislumbrarse, descendiendo hacia el fondo del lago. Al principio los interminables sensaciones de ahogo y dolor le impidieron prestar atención, pero la niebla en su vista se disipaba, y pronto revelaron las formas inertes de su padre y de su padre, ahogados, acercándose a él, con una expresión distorsionada de horror y dolor en sus rostros hinchados. No muy lejos estaban sus hermanos, a los que vio en destellos de luz que brotaban del cielo, tal vez. Pronto, no sólo se le unían familiares y amigos, sino que objetos, edificios, y todo cuanto había conocido, tocado u observado. Todo se hundía, lentamente, junto a él.

Si hubiera podido llorar lo hubiera hecho, pero sus lágrimas ya no exhibían diferencia alguna con el agua que le abría paso, burlona, hacia las profundidades, para no liberarle. Manoteó desesperadamente por huir, por no tener que ser devorado por el agua, que por fuera y por dentro se lo comía vivo, le revelaba las más terribles visiones y le hacía sufrir, permitiéndole vivir todavía; pero su cuerpo ya no se movía, pese a que el dolor y la agonía persistían. Cuando tocara el fondo, todo terminaría. Eso era lo único que sabía…

Pero ya no importaba morir. Los muertos habían tocado fondo primero que él. Sus cuerpos hinchados y azules estaban de pie, mirándole descender. Le esperaban; pero él ya nada quería saber de ello. Quería volver a la superficie, abandonar aquel repugnante reino azulado y volver con los vivos. Pero ya nada podía hacer por ello. Los brazos se alzaron hacia el muchacho y este cerró los ojos, arrepentido.

En aquel último segundo deseó no tener que morir. Tal es el destino de aquellos que deciden quitarse la vida y deben vivir lo suficiente para arrepentirse.

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2 Comments

  1. Hola! leo tus trabajos de hace un tiempo. Aunque no soy muy efusivo, la verdad son admirables todos. me gusto mucho el anterior y este para esos momentos de amargura y melancolia. habra alguno de amor platonico?, de ese en el que el objeto del afecto solo nos ve como amigos. Saludos!!

    • Estimado, le agradezco en extremo sus palabras de amabilidad hacia mis trabajos. Sobre amores imposibles (el término amor platónico está mal empleado, dado que este es el amor a las ideas) tengo, más que nada, poesías. Te invito a que le eches un vistazo a dicha categoría para que encuentres los de tu agrado.

      Saludos, y gracias por comentar :)


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