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antiguo ejército chino

“Es posible conseguir algo luego de tres horas de pelea, pero es seguro que se podrá conseguir con apenas tres palabras impregnadas de afecto.”
-Confucio-

El emisario entró a paso largo, rápido y con descaro, dentro del rango visual del campamento enemigo. Tras dos órdenes que resonaron a lo largo del emplazamiento, un grupo de arqueros ya amenazaba con sus flechas al individuo de cuerpo completamente encapuchado. Sólo ante las amenazas de disparar de los soldados se detuvo, sin decir tampoco una sola palabra, y pese a todas las amenazas de los soldados se veía claramente impaciente, como quien espera un trámite para el que no tiene tiempo. Cuando el General Kai, llamado por los soldados, salió de su tienda de campaña, bastó una sola mirada para que se diera la vuelta y regresara a su tienda.

-Déjenlo pasar-Ordenó-. Y que entre.

Sin dejar de apuntarle con hojas y flechas por igual, como si se tratara de algún horrible hechicero o nigromante, el emisario, impertérrito, se abrió camino por el campamento como si lo conociera a la perfección. Con aquel mismo paso marcado se adentró en la tienda del General Kai, cerrando las cortinas.

-Tienes agallas para venir, hermano-Dijo Kai al recién llegado.

El emisario, Tian, removiendo su larga capa de forma brusca, reveló así a un hombre de unos treinta años, un poco más alto que la media, robusto, de cabellos largos y encanecidos y un rostro marcado por los años de combate y la pérdida: Una copia idéntica de su hermano. Tian, también, era General de su ejército.

Sin decir palabras, tomó uno de los asientos de la tienda y se sentó, sin dejar de mirar su hermano. Había recelo o desconfianza evidente.

-Es una verdadera lástima que las circunstancias nos tengan en este predicamento-Dijo, al fin.

-Sí-Respondió el otro-. No deja de ser lamentable que nos encontremos luchando por causas completamente distintas, en las que cada uno, no obstante, cree fervientemente. Sin embargo, estamos en los días de tregua y sé que ambos respetamos por igual el descanso de nuestros soldados. Siéntete tranquilo.

Tian mantuvo cierta tensión corporal, pero se relajó un poco más en el asiento. Había, tan sólo, una mesa entre ellos. Notando la rigidez y frialdad del momento, Kai sacó dos vasos y una jarra de té, que compartió con su hermano. Inesperadamente, fuera por los recuerdos que se habían acumulado en sus ojos o debido a un auténtico afecto o añoranza repentinos, Kai alzó su humilde vaso.

-Aunque tú no brindes, esta es por nuestra hermandad-Dijo el General Kai y bebió de su vaso despreocupadamente. Su hermano, no obstante, continuaba en silencio. Aún así, Kai le conocía demasiado bien, y sabía que Tian tan sólo esperaba su momento para decir lo que pensaba. Kai dió un par de miradas nerviosas y esperó a que su hermano decidiera hablar.

-¿De qué quieres hablar?-Preguntó al fin, tras pasar un tiempo razonable.

-Sobre el cómo llegamos a esto, Kai. Me tratas como hermano, me respetas y me aprecias y te agradezco sinceramente tu atención. ¿Por qué seguimos siendo enemigos, entonces?- Inquirió, con voz tranquila, pero que ocultaba cierta turbación.

El rostro de Kai se transformó de un momento al otro. El General había salido a la luz otra vez.

-Estás particularmente ingenuo el día de hoy, hermanito-Le contestó Kai, ligeramente molesto, imponiendo así una larga ausencia de sonido por un espacio de tiempo largo y sordo-: A pesar de la similitud de nuestros cuerpos, nuestras almas, mentes y pensamientos se han vuelto demasiado distintos. Por eso nos han llevado a este punto. Mi amor por el poder y por la fuerza, sumados a mi astucia e improvisación me llevaron al grado de General del ejército de este reino. La fuerza ha sido mi sello, y con ella ha aplastado a mis oponentes. Tú, en cambio, jamás creíste en todo esto, en la fuerza, en la violencia, en la guerra como resolución de conflictos. Debiste haberte convertido en diplomático, no en soldado. Eres la gran tragedia de esta larga guerra. Jamás quisiste ser un militar, jamás quisiste involucrarte en estos asuntos; pero tu sentido del deber y la justicia te impulsaron a oponerte a lo que consideras una barbaridad. Has querido defender a quienes hemos masacrado, a quienes no tienen cabida en este mundo, a quienes tan sólo ofrecen la cabeza. Y en cierta manera has triunfado, ¿No? De ser tan sólo un rebelde ahora eres un verdadero héroe para todo aquel ejército de hombres torcidos, pero resueltos a no dejarse aplastar, a sobrevivir, a devolver el dolor. Hasta pareces un santo por tu forma de ser, pero aún así, querido Tian, tienes las manos tan manchadas de sangre como yo.

Hizo una pausa para beber té y mirar a su hermano, que parecía petrificado en su asiento por toda su ausencia de movimiento, y sin embargo, sólo con su mirada ardiente bastaba notar que estaba extremadamente vivo. Y atento. Esto molestó nuevamente al General Kai:

-Todos los días nuestra gente crece otro poco. Las aldeas se empiezan a llenar y a agigantarse cada día, la comida comienza a escasear incluso para quienes pueden pagarla, y acabamos por gastar recursos alimentando a los enfermos y a los deformes, a los inútiles y a los vagos. ¿No lo ves? Nuestra compasión nos lleva a ayudarlos, y esto nos lleva a una pérdida a niveles mayores. Sé, tan sólo por tu mirada, que me consideras un ser despreciable. Pero es porque no eres capaz de comprenderme. Este no es un mundo de fichas blancas y negras. Nadie es completamente bueno ni completamente malo; y hay que hacer algo contra estos sucesos, Tian. Si no hacemos algo, serán luego los monstruos los que heredarán la tierra.

-Aquí veo un solo monstruo-observó Tian. El General Kai se rió fuertemente.

-Tian, por favor, no me vengas con sermones de monje. El dilema es innegable, y tú lo sabes. Las medidas tendrán que ser drásticas y alguien tendrá que bañarse con sangre si quiere cambiar las cosas. Es un sacrificio inevitable. ¿No lo has notado? En nuestra historia los imperios se levantan y colapsan, los ejércitos se construyen y destruyen con una facilidad sorprendente. Sólo persisten las ideas, las grandes invenciones y los nombres de los grandes hombres, así como sus acciones, que cambian el curso de la historia, para bien o para mal. Aquí estamos, ¿No lo ves? Estamos a punto de iniciar una batalla gigantesca y cruenta que decidirá el futuro de nuestro pequeño mundo. Dentro de él somos partículas miserables que se revuelven dentro del curso de la humanidad; y sin embargo tenemos poder en nuestras manos. Un poder que nunca más poseeremos y que decidirá quién tuvo la razón… o quién la tendrá con el tiempo.

-¿Recuerdas cuando robé uno de tus juguetes y te hice llorar?-Preguntó Tian, de súbito. Ya nada quería hablar al respecto.

Kai se sorprendió de estas palabras inesperadas. Sonrió tímidamente. El hermano volvía a asomarse.

-Era mi juguete favorito. Lo recuerdo como si fuera ayer-Dijo, riendo-. Nunca lo esperé de tí.

-Supongo que no recuerdas que había sido porque molestabas a uno de mis amigos.

Kai se quedó mudo. Esa jugarreta con sus recuerdos le encolerizó, haciendo que se pusiera de pie.

-Pues… ¿A qué viene todo esto?-Exclamó el General- ¿A recalcar alguna especie de superioridad moral ante una audiencia invisible? ¿A consolarte con el hecho de que tus ideas son mejores que las mías? ¿Alguna vez te has puesto a razonar, sinceramente, sobre lo que está bien y lo que está mal? ¿Alguna vez has concebido una idea más fuerte de lo que te dicta los sentimientos iniciales? ¿Te has dado cuenta, acaso, que cualquier decisión que tomes tiene sacrificios y consecuencias, para bien o para mal? Siempre estarán ahí, principalmente mientras más personas estén contigo. Métete esto en la cabeza: La gente va a morir. No puedes evitarlo. Será por tu mano, la mía o la de alguien más. Los seres humanos mueren todos los días y no puedes salvarlos. Sólo puedes usar el poder que tienes para salvar a unos y condenar a otros. No puedes salvarlos a todos.

-Pensamos demasiado diferente-Dijo Tian, meneando la cabeza reprobatoriamente.

Tosiendo un poco, extendió la mano para beber del té que su hermano le había ofrecido, pero Kai, con un violento movimiento del brazo se lo quitó de un solo golpe, derramándolo en el suelo. Tian se puso de pie de inmediato, pero Kai levantó la mano en señal de arrepentimiento y le dió la espalda, con pesar en sus facciones.

-No. No. Estaba envenenado-Había dicho en voz alta, como si se lo dijera a sí mismo; con culpa acusatoria en su voz-. Lo siento.

La sorpresa atacó al hermano. Tian, de hecho, se quedó sin palabras por unos segundos, pero estas brotaron no mucho después, duras y cargadas de amargura:

-¿Y entonces por qué no lo hiciste? ¿Acaso no era yo un ser débil? ¿Qué pasó con aquellas palabras de que había que bañarse con sangre para mejorar el mundo? ¿Por qué aún cuando somos enemigos me tratas como tu hermano y me consideras digno de vivir? ¿Estás jugando conmigo?

Tian estaba alterado y quería respuestas. Kai seguía sin mirar a la cara a su hermano. Pero se sintió con fuerzas, todavía, para hablar.

-Pese a ser mi adversario… eres parte de mí: Mi familia. Podrás ser mi enemigo, un monstruo o el ser más despreciable que haya concebido este mundo, pero sigues siendo mi hermano, y nadie podrá cambiar eso. Lamento este acto de bajeza. Por un momento había olvidado que eras tú.

Pese al repentino temor, Tian sabía que Kai estaba arrepentido. Nunca había sido capaz de mirarle a la cara cuando hacía algo malo. Emocionado, también, rompió en lágrimas. Ya a esas alturas, algunas ideas y comportamientos propios de la adultez se estaban esfumando, sin que ninguno de los dos se diera cuenta.

-Siempre me hacías bromas pesadas y luego te arrepentías-Dijo Tian, riendo, con lágrimas todavía en sus ojos.

-¿Y tú? Siempre has sido un maldito sentimental-Le dijo Kai, su hermano.

En el arrebato impulsivo del momento, la mesa se hizo a un lado, los hermanos se acercaron y estrecharon sus brazos. Por primera vez en años, la juventud y la inocencia volvieron a ellos con absoluta y completa sinceridad. La guerra y la enemistad habían desaparecido. Las ideas, las duras experiencias y los remordimientos habían desaparecido. Sólo estaban ellos.

-Siempre seremos hermanos. No importa lo que pase hoy, o mañana-Había prometido Tian.

Su hermano Kai sonrió fugazmente hasta que sintió la fuerza del puñal escondido, convirtiendo la sonrisa en una mueca de dolor. Este sentimiento y la sensación de una traición le hicieron caer al suelo, advirtiéndole el ardor que el puñal tenía veneno. No le quedaba mucho tiempo.

-¿Por… por qué? ¡Maldición! ¿Por qué?-Alcanzó a exclamar, viendo manar su sangre de la herida, todavía atónito ante lo que acababa de ver por parte del ser que estuvo a punto de matar.

-¿Recuerdas cuando robé uno de tus juguetes y te hice llorar?-Preguntó de nuevo Tian.

-¿De qué diablos hablas?-Demandó saber Kai, con un hilo de voz.

-En aquel momento nunca lo viste venir. Al igual que ahora: Nunca esperaste algo como esto de mí. Con tu muerte ganaremos la guerra y podremos traer la paz.

-Bastardo… miserable -Decía el General, herido en su orgullo y en lo más profundo-… no saldrás con vida. Lo sabes.

-Lo sé. Tenía planeado esto de todas maneras. Lo cierto es que no hubieras salido con vida de esta situación ni siquiera envenenándome. Vine aquí a morir junto a mi querido hermano.

El otrora gran general Kai se retorcía en el piso por el dolor, el dolor, y el efecto del veneno. Eran ya los últimos estertores. Tian se recostó junto a él y acarició su frente, con una delicadeza que parecía auténtico afecto, confundiendo lo que quedaba de consciencia de su hermano.

-Supongo que tenías razón al final. Sí tengo las manos bañadas en sangre… pero eso no importa ya. Es hora de dormir, hermanito.

Recostado junto al cuerpo, le tomó la mano y puso una pequeña bomba entre ellos. Jamás había querido tener que llegar a esto, que le había hecho meditar tantas noches y le había quebrado desde lo más profundo de su corazón en más de una ocasión. Pero el mundo en que había vivido les había puesto el uno contra el otro. Les había destrozado a ellos y a miles de otros, y el General Tian ya estaba cansado de todo ello. Tan sólo quería descansar, sonreír, jugar como cuando el mundo todavía no revelaba su cara más cruel y despiadada. Estar con su hermano y sonreír junto a él, como cuando eran felices. Encendió la mecha y cerró los ojos apaciblemente, como si fuera a dormir, al fin; después de tantos años de pesadillas y horror.

-Nos veremos en otra vida, hermano-Fue lo último que dijo. Luego, no pudo decir ni pensar nada más.

Nadie en el ejército del General Kai entendió exactamente que fue lo que había pasado, ni fue capaz de recuperarse de la pérdida de su querido y astuto general. La batalla sería cruenta y espantosa, pero el resultado ya había sido decidido tras aquella insólita explosión. La esposa de Kai, Mei, no mucho después de los oscuros acontecimientos que le impidieron volver a ver a aquel marido tan autoritario y severo, dió a luz a dos pequeños muchachos, gemelos, que le alegrarían su vida durante los años siguientes. Posteriormente vendrían a heredar en sus memorias toda las historias, leyendas y hazañas de su padre y de su tío, bajo aquel período de paz y prosperidad que llegó posteriormente. Los hermanos se querían mucho y solían llevarse muy bien…

… hasta que un día, inesperadamente, uno de los niños le robó uno de sus juguetes a su hermano, haciéndole llorar.

“El mejor militar no es marcial. El mejor guerrero no es violento.”
-Lao Tse-

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