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Bosque de Niebla

 Las palabras y las fuerzas me faltan para escribir lo que debo. Pero, por ser necesario, lo intento. No hay otra oportunidad para mí.

A la mitad del camino de nuestra vida me encontraba realizando un viaje hacia una ciudad de la que no quiero acordarme. Tampoco es necesario mencionarla, de todas maneras. En el largo rec0rrid0 en que estaba inmerso, el ambiente oscuro y tétrico del bosque, así como la soledad de mi alma en el antiguo sendero parecía querer asfixiarme: El lugar por el que estaba pasando era demasiado estrecho y muy poco excavado dentro de los territorios de la naturaleza. Era como estar en una cueva, densas sus paredes de tantos árboles, desde las cuales se asomaban infinitas posibilidades de padecer un ataque. La seguridad era, claramente, una gran debilidad para mi situación. Podía caer presa de ladrones o secuestradores. No portaba nada de verdadero valor conmigo, pero eso no impediría que pudieran llegar a matarme por la frustración o dejarme desnudo y abandonado en estos parajes como a un paria sin suerte. Ajusté bien mi arma bajo las ropas, sólo por si acaso, y seguí avanzando.

Me encontraba de camino a ver a alguien. Creo que era alguien importante. Era la primera vez que recorría el trayecto, también. Se me había informado que era seguro y reconocible, y así había sido hasta ese momento; pero mi paranoia jamás me dejaría tranquilo hasta que terminara de recorrer el sendero. Por eso pujaba hacia adelante, por el amor a la aventura, a lo natural y a lo desconocido, aunque me aterrara. Desearía no haberlo hecho en aquel día fatal.

Un tanto más adelante comencé a sentirme mal. Me dolían los ojos y comencé a toser cada vez más fuertemente. Era un humo que se volvía cada vez más denso y envolvente, hasta el punto de que muy pronto no podía ver demasiado lejos y me asfixiaba. Había un olor fuerte a carne quemada, allá a lo lejos.

De la nada sentí cómo el miedo se apoderaba de mí. Espíritus invisibles, quizá, o la premonición de algo más grande, también, me hicieron querer retroceder; pero la irritante obstinación que podía condenarme me hizo ir hacia adelante, como si una voluntad invisible y ajena me impulsara. Pensaba en la ciudad en llamas, en espíritus extraviados o en un incendio forestal arrasando con todo ser vivo a su paso. Indiferente de las razones, todo el mundo se detuvo para mí cuando, muy a lo lejos, pude ver una sombra borrosa, acercándose lentamente; haciéndome pasar en cosa de segundos por una catarata de emociones que me llevó de una súbita alegría a una angustia abrumadora en cosa de segundos. Pero la sombra crecía, y no había nada que pudiera detenerla. ¿Por qué no paraba de crecer?

Oh, Dios mío. ¿Por qué permitiste esto? Cuando el humo ya no pudo ocultarme nada me crucé con un hombre herido, encorvado y humillado hasta en lo más profundo de su alma, seguir su camino como si yo no estuviera ahí. Con una mano tapaba, en su dolor, una cuenca ensangrentada y vacía donde antes había un ojo humano. Detrás de él, y de la mano del “guía”, había otro hombre en aún peores condiciones. No tenía nariz ni ojos: Se los habían cortado. Se le oía sollozar en silencio; y a quien estaba detrás de él, y a quien estaba detrás, y al siguiente.

Eran todos seres torturados, destruídos y en la más absoluta miseria. Sus rostros eran irreconocibles. ¡Dios! Incluso habían mujeres y niños en aquel estado miserable; todos unidos por las manos en su dolor y en su sollozo suave e invisible, camuflado por la sangre y la expresión vacía de sus rostros muertos, guiados únicamente por un hombre designado a cargar con la responsabilidad de salvarles. No: De llevar un mensaje; un mensaje físico de dolor y sufrimiento a quienes se atrevan a enfrentarse al enemigo. Y sólo el tuerto podría contar la historia: Era el único que tenía lengua.

Hipnotizado por aquella visión infernal, aquella procesión pasó a mi lado como si fuera algo común y corriente. Algo cotidiano que debía de ver inevitablemente y para lo cual no debía cuestionarme su existencia ni buscarle una explicación. Cuando terminó de pasar, me quedé todavía de pie un buen rato, pensando en lo que había visto. ¿Había sido una invención de mi mente o una aparición espectral? Pudiendo ser así, ¿Por qué, entonces, me sentí tan triste? ¿Por qué me abatió tan profundo el dolor y la miseria de aquellos a quienes había visto con mis propios ojos, arrebatados a ellos? Recuerdo haber caído de rodillas, en lágrimas, mientras gruesas lágrimas caían al suelo, sin que a nadie le importara; sin que pudieran cambiar nada.

Este es, sin duda, un mundo cruel para el hombre. Y por eso el Infierno no está allá abajo: El Infierno está aquí, en la Tierra. Entre nosotros.

Me quemarán en la hoguera mañana. He hablado lo que he pensado y ha sido demasiado. No están de acuerdo. Les he hecho enfurecer con lo que he dicho y lo que he escrito en público y se encargarán de hacerme pagar por ello: Dicen que quemarán todo, que desapareceré de la historia, que nadie sabrá mi nombre… pero en mi corazón están aún aquellos hombres y mujeres que tuvieron que sufrir un destino peor que la muerte para convertirse en símbolos del terror de los poderosos, a los cuales me uniré muy pronto.

Dios sabe que fué lo que hice por ellos… aunque en su nombre deba morir esta noche.

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La imagen pertenece a Everett Vinzant. Pueden encontrar más de sus trabajos Aquí.

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One Comment

  1. Woww.. ni me lo hubiera imaginado… Muy bueno!! La verdad pensaba y pensaba, y no me cerraban cosas, hasta que llegue al final.


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