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campo aleman

“El amor es sacrificio, éste sólo es posible cuando se emerge de sí mismo para vivir en el otro”

-Soren Kierkegaard-

Cuando Karl recuperó la consciencia, el cielo todavía estaba claro y el sol todavía se imponía en el paisaje diurno. Se sintió triste sin ninguna razón que lo respaldara. De aquel forzoso estado de sueño lo despertaron precisamente la fuerza del sol y las vociferaciones de dos ancianos, un poco lejos de él. Tardó un par de segundos en recordar que eran Wilhelm y Friedrich. Trató de ponerse de pie, pero un dolor en su pecho, que le recorrió por completo, le impidió levantarse, haciéndole caer nuevamente. Quedándose quieto, trató de poner atención a las palabras de sus dos amigos.

-Eres un estúpido -decía Friedrich a Wilhelm, ayudándole a ponerse de pie-. ¿Qué te hizo pensar que nosotros, un par de ancianos acabados, podíamos hacerle frente a tipos como ellos?

Wilhelm no contestó.

-Somos un par de ancianos inútiles ahora, sin fuerzas y sin la gloria de nuestros mejores tiempos. Nunca tuvimos una oportunidad siquiera para devolverles un golpe. Sólo me alegra el hecho de que no nos hayan matado.

Reinó el silencio. Wilhelm seguía mudo, como si su espíritu no estuviera ahí.

-… ¿En qué estábamos pensando?-Repitió Friedrich, con una pequeña risa nerviosa.

-… ¿Me ayudan?-Dijo Karl, aprovechando aquel espacio vacío.

-¡Karl!-Exclamó Friedrich, volviéndose hacia él. Le había olvidado por completo.

Wilhelm, por otra parte, estaba completamente abstraído. Estaba sudando, paralizado donde Friedrich le había dejado, sintiéndose completamente miserable y desolado: Su orgullo había sido aplastado. Cuando era joven, recordaba siempre haber ganado las peleas en las que se metía, aún cuando hubieran sido pírricamente. Ahora, la pelea había terminado para él en dos puñetazos: Uno en el estómago y otro en el rostro. Y eso había sido todo. Friedrich había caído con sólo uno. Sus oponentes no dijeron palabra alguna ni se esforzaron en más de lo necesario. Simplemente se dieron la vuelta y se fueron.

A diferencia de Friedrich, Wilhelm no había perdido la consciencia. Sólo se había quedado ahí, mirando el cielo que pasaba frente a ellos. Escuchó unas débiles murmuraciones de los soldados y luego se fueron en sus caballos. Nadie del pueblo quiso recorgerlos, al creer que eran tan sólo dilemas de borrachos (¿O, tal vez, por el miedo a ser golpeados también?); y así pasó el tiempo indefinidamente, sin que se sintiera. Pasaron, sin saberlo, varias horas antes de que Friedrich despertara e intentara ayudar al resto. Durante todo este tiempo Wilhelm había estado con la mente en blanco, como víctima de algún trance que le impedía reaccionar a las cosas. Ni siquiera tenía fuerzas para obligarse a sí mismo a reaccionar.

Karl y Friedrich estaban ambos de pie ahora, ignorando por completo a Wilhelm, como si supieran por lo que pasaba. Karl se encontraba bien, pese al golpe que había recibido y que podría haberle dejado, como mínimo, una costilla rota; sólo estaba mareado y adolorido. En comparación con él, Friedrich estaba ileso, a pesar de la molestia en su ojo derecho y la gran inflamación que tenía ahí.

-Busquemos en la casa-Dijo uno de ellos. Wilhelm no pudo distinguir las voces, ni le importaba.

Friedrich, más rápido que Karl, que avanzaba encorvado, se adentró en la casa por la entrada de la cocina. Por los ruidos que hacían ahí dentro, Wilhelm podía darse cuenta de que el suelo de la cocina estaba lleno de objetos que deberían estar en otros lugares de la casa, gran parte de la loza estaba destruída y a cada momento uno de los dos (o ambos), maldecía al tropezar o golpearse con algo. Cuando salieron, Friedrich miró a Wilhelm, que seguía estático. Le dirigió una mirada de desprecio y le dijo a Karl que buscaran por la ciudad.

“¿Buscar qué?” Pensó Wilhelm.

“Algo importante” Le dijo una voz, en su cabeza.

“¿Qué? ¿Quién eres tú?” Exclamó Wilhelm, en su interior. Era la primera que esto le pasaba.

“¿Qué importa quién o qué soy? Deberías moverte, viejo tonto. Ha pasado algo grave.”

“¿Y a tí qué te importa?”

“Bueno, tú sabrás, ¿No? De todas maneras a tí te importa más. Pero yo sé que hace 20 años no te hubieras quedado abatido, ni siquiera por un puñetazo…”

“No me conoces de nada.”

“Bueno, ahí sí que te equivocas, mi pequeño y desgastado amigo. Pero, ¿Sabes? Lo entenderás. Sé que lo harás…”

Karl y Friedrich volvieron. Como seguía sin moverse, Friedrich le dió una patada que le llevó al suelo. Wilhelm seguía sin reaccionar.

-Deja de lloriquear por una derrota, pedazo de idiota-Dijo Friedrich, visiblemente molesto-. Se llevaron a Frieda.

-¿Qué has dicho?-Exclamó Wilhelm, a quien la mención a Frieda le reconectó automáticamente a la realidad-¡¿Qué has dicho?!-Repitió, asustado.

-Lo que oíste. Y ni pienses que vamos a seguir haciéndote favores por cosas que son tú responsabilidad. Así que, si es que al menos te importa, haz algo.

Como si recién hubiera despertado de su inconsciencia, Wilhelm se puso de pie y se adentró en la casa lo más rápido que pudo. No podía creerlo. No sabía por qué, no sabía cómo ni sabía cuando… pero tan sólo el saber que ella ya no estaba ni estaría con él le aterraban y le envalentonaban a hacer cualquier cosa por tenerla de vuelta. Lo que fuera.

A pesar de estar casi completamente a oscuras, tener la visibilidad un poco dañada por los años y tener todos los objetos importantes esparcidos por la casa, Wilhelm juntó todo lo que consideró importante de sus años en la casa y salió, decidido. Friedrich y Karl le estaban esperando. Friedrich estaba fumando.

-¿Cómo se llama el pueblo?-Preguntó Wilhelm, de la nada.

-¿No te acuerdas del nombre?-Exclamó Friedrich-¿Has vivido tantos años acá y ni siquiera puedes recordar el nombre?

-¿Lo sabes o no?

Friedrich guardó silencio.

-La verdad… es que no lo recuerdo -Reconoció.

-Yo tampoco-Se apresuró a decir Karl, antes de que la mirada de Wilhelm, en ese momento llena de determinación, fuerza y amenaza, se dirigiera hacia él.

Hubo un absurdo silencio, que les hubiera llevado a la risa en otro contexto, antes de que Wilhelm volviera a hablar.

-Me voy de aquí a buscar a mi nieta. Sólo quería saber para tener un lugar al cual traerla de nuevo después.

-¿Así nada más? ¿Eso es todo? ¿Quién se hará cargo de tu casa, eh? ¿Cómo la traeras de vuelta si ni siquiera sabes el nombre?

-Cálmense los dos-Trató de prevenir Karl-. Yo me cargo de eso. Vuelvo enseguida…

A pesar de que era peligroso dejarlos solos, prefirió arreglar aquellos puntos que podían hacer la conversación más peligrosa: Simplemente hablaría con el tabernero (a estas alturas bastante amigo de los tres) para solucionar los problemas.

Apenas Karl se alejó de la escena, Wilhelm golpeó a Friedrich en la cara. Éste, de alguna manera, lo había estado esperando. Aún así le tomó por sorpresa.

-Por mirarme en menos-Dijo Wilhelm.

-Gran cosa fue lo que hiciste cuando de verdad importaba-Le dijo Friedrich, fríamente-. ¿Piensas ir solo?

-Con un viejo ya es suficiente…

-Te callas. Iremos los tres. Ya está conversado.

-¿Incluso Karl?

-Incluso Karl.

El aludido salió del bar. Se veía bastante mejor que hace unas horas.

-Vendrá una carreta en unos minutos. Podremos irnos al siguiente pueblo y preguntar por los hombres a caballo.

-Karl-Dijo Wilhelm, grave, pero con un tono condescendiente-. A donde voy no puedo garantizar mi seguridad ni la de ustedes dos. Soy un viejo acabado, al que le queda poco tiempo; pero pienso hacer todo lo posible por rescatar a mi nieta, aún si me llego a morir en el camino. No voy a dejar que nadie crea que puede burlarse de mí y estoy dispuesto a lo que sea con tal de traerla de vuelta ¿Estás completamente seguro de que quieres seguirme?

-Si te soy sincero… no lo deseo-Dijo Karl, ante lo que Friedrich le dirigió una mirada sombría que éste ignoró-. No obstante, nunca abandonaré a un amigo. Mucho menos a tí. Así que, ahora somos dos viejos los que iremos a buscar a tu nieta.

-Tres-Les recordó Friedrich.

Sonrieron. Algunas cosas seguían sin cambiar y eso era motivante.

Llegó la carreta, y para ese entonces todo estaba ya acordado y planeado. Cada uno traía lo más importante y cada casa tendría a alguien que se haría cargo. De todos modos, un robo era algo que parecía imposible, y si ninguno de los tres volvía en un año, los cuidadores podrían darlos por muertos, pese a todo lo que eso implicaba. Mientras avanzaban, Wilhelm puso su mano en el hombro de Friedrich. Parecía querer decir algo que había pensado mucho.

-Perdóname por ser tan duro contigo-Dijo al fin-. No pensé en lo que hacía y me dejé llevar por el orgullo herido y el miedo; pero no te preocupes. Esta será la última vez que tendrás que hacer algo así.

-Ya lo creo-Le dijo Friedrich, con una sonrisa-. La próxima vez te dejaré ahí y seguiré mi camino. Y eso es completamente en serio.

Karl miró a Friedrich y sus dos ojos amoratados, y luego a Wilhelm.

-¿No te puedo dejar solo ni cinco minutos?

Se rieron otra vez.

-¿Saben?-Dijo Friedrich- Pese a la gravedad de la situación, siento que esto es, en cierta forma, como revivir los viejos tiempos. A propósito, Karl, ¿Cual era el nombre del pueblo, al final?

Sólo el sonido apacible de las viejas ruedas de madera, y el lento caminar del animal de carga fueron la respuesta.

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