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La conciencia es una voz interior que nos advierte que alguien puede estar mirando.

-Henry-Louis Mencken-

“… ¿Puedes oírme?…”

La voz resonó tan súbitamente al interior de la mente de su receptor que le despertó de su sueño, al interior del tronco de un árbol, y le hizo rodear con la mirada todo a su alrededor, sable en mano y todos sus instintos despiertos y alerta.

“… No tengas miedo… relájate.”

Dichas estas palabras una extraña ola de calma y tranquilidad invadieron al hombre que hace unos minutos hubiera podido abalanzarse sobre el mas grave peligro sin miedo alguno a la muerte o al daño. Tan fuertes y dominantes eran estos sentimientos de serenidad, que incluso por un momento estuvieron a punto de hacerle caer dormido otra vez. Haciendo, por tanto, un gran esfuerzo, volvió en sus cabales y buscó concentrarse en la situación presente. Tragó saliva y esperó a que el sonido que le había despertado volviera a oírse. Sentía que era de confianza. Había algo de familiar en la voz que le hablaba, como si ya la hubiera oído antes. Aunque no podía estar seguro.

“… Donde te encuentras no estás a salvo… Necesito que me sigas.”

Similar a una súplica, la voz encaminaba al hombre extravagante vestido a lo largo de lo que pronto se reveló como un vasto camino, trazado en el pasto con el caminar constante y prologando de muchos pies y el pasar de muchos medios de transporte. Por este camino fue que llegó a un lago, rodeado con rocas semienterradas en el suelo, pastos aranjados y una deprimente sensación de soledad y abandono. Desde allí el camino continuaba siguiendo un pequeñísimo riachuelo que conducía hasta una gran entrada que lideraba al interior de un montículo, del cual también sobresalían varios trozos de roca en algún momento trabajados por hábiles manos. Ver esto le produjo miedo, pero la curiosidad se volvió mucho más poderosa y le llevó inevitablemente hacia las profundidades. La voz seguía cerca, murmurando cosas ininteligibles y de vez en cuando alentándole todavía a que caminara un poco más. Y aunque no le veía o podía no escucharle sabía esto de algún modo. Súbitamente, sin embargo, sintió que la presencia se silenció y desvaneció; y saliendo de este modo del trance, se encontró nuevamente en la oscuridad de la que había huido, extraviado y confundido.

“Bienvenido…” Dijo una voz.

“¿Está aquí?” Se escuchó decir. “¿Realmente está aquí?”

“Te extrañamos tanto…”

“Amor mío, regresa por favor…”

“Te estamos esperando”

“¿Cuando piensas volver?”

“Padre Nuestro, que estás en los Cielos…”

“Hey, soy yo… ¿Puedes oírme?”

“No tienes idea de cuánto duele…”

“¿Cuánto tiempo continuará así…?”

“¿Por qué no abre los ojos?”

“¿Por qué ya no sonríe?”

“¿Por qué ya no ríe?”

“…Santificado sea tu nombre…”

“Dame una señal…”

“No lo sabes, pero estoy llorando…”

Rápidamente, aquella semejante cantidad de voces, que brotaba simultáneamente desde todas las direcciones, comenzó a penetrar en el interior del visitante, y caló en lo más profundo de su alma, haciendo resonar un lugar que pertenecía al pasado, y por desgracia al pasado solamente.

“Amigo mío, no sabes como te extraño…”

“Idiota…”

“…Venga a nosotros tu reino…”

“¿Por qué lo hiciste?”

“Mentiroso…”

“Lo lamento tanto…”

“… Hágase tu voluntad, aquí en la tierra como en el Cielo…”

“Es tan difícil continuar…”

Las voces, su angustia y su dolor le producían una inquietud monstruosa. Cada palabra parecía dirigida a él y a él solamente. Cayendo de rodillas, sus manos se posaron en el piso de la fría y oscura bóveda, con los ojos llenos de lágrimas y buscando desesperadamente a qué aferrarse mientras aquella tempestad de voces amenazaba con desgarrarle en mil pedazos.

“Hola…”

“¿Se pondrá bien?”

“Tengo frío…”

“… Danos hoy nuestro pan de cada día…”

“Quisiera poder estar ahí…”

“Quisiera haber podido estar allí…”

“No sé que decirte…”

“… Perdona nuestras ofensas…”

“Dame la mano, por favor…”

“¿Qué estaría pasando por su cabeza?”

“No me arrepiento…”

“… Así como también perdonamos a los que nos ofenden…”

Pronto el dolor, la emoción, la tristeza y la soledad, el vacío infinito y la tortura que acarreaban eran tan grandes que todo lo que quería hacer era gritar… pero no podía: No encontraba su propia voz en aquella vorágine que le arrastraba a la locura.

“Sueño…”

“Este era tu favorito…”

“Hijo…”

“… No nos dejes caer en la tentación…”

“Padre…”

“… Madre…”

“Tío…”

“Esposo…”

“… Amigo…”

“Nieto…”

“Amor…”

“… y líbranos del mal…”

—¡¡¡¡¡Silencio!!!!!

Con la cabeza hundida entre las manos, había exclamado con tanta fuerza que las invisibles paredes habían resonado a lo largo y ancho del pequeño recinto en que se encontraba. Las voces lentamente se extinguían, abriendo paso a la calma, la tranquilidad y el cese de todo dolor y sufrimiento. Era casi como estarse muriendo… Pero, ¿Cómo podía saberlo?

“… Amén.”

Aquel templo en ruinas era como su pasado. Podría decirse, incluso, que era una representación de él. No recordaba nada relevante aún, pero sentía que aquel lugar ruinoso y decadente alguna vez le perteneció y fue suyo, el cual debía de haber habitado con tantas otras personas que ya no se encontraban. ¿Cómo les había perdido? ¿Cuándo se habían extraviado de su tiempo y de su espacio? ¿Cómo empezó todo?

¿Cómo llegaría a terminar todo?

El sonido de un movimiento de lozas bajo sus pies le puso alerta rápidamente, logrando que se apartara del disco de piedra en movimiento lo suficientemente rápido. Se revelaba así un tunel vertical, que dirigió luz a la habitación. Este agujero llevaba directamente fuera de la isla hacia lo desconocido que se encontraría al arrojarse al vacío. Un suicidio seguro.

“Escúchame… escúchame atentamente…” Dijo una voz que el hombre pudo reconocer como la que le había traído hasta ese lugar. Esta vez, sin embargo, sonaba diferente. Su eco era mayor y parecían claramente dirigidas a él.

—Te escucho—Fue su respuesta, tan convencida y segura que parecía no haberla pronunciado él.

“Te ofrezco la posibilidad de irte en este preciso momento.” Ofreció la voz, con un tono que parecía de cautela.

—… ¿Y la otra opción es…?

“Saltar por ese agujero y continuar una búsqueda inútil. Lo que buscas no se encuentra donde te encuentras tú… Se encuentra donde estamos nosotros.”

—¿Y quienes son ustedes?

“No puedo decírtelo hasta que te decidas.”

El hombre caviló unos segundos. Pero parecía ya tener premeditada la respuesta.

—Aún no estoy preparado para irme, ni para dejar ir mi búsqueda. Así que este es un adiós.

“Te están extrañando.”

—Quien sea que me extrañe deberá hacerlo un poco más. No hay otra opción.

“Es una larga caída…”

Las palabras restantes fueron inaudibles, si es que hubieron. La velocidad y el sonido del viento en los oídos del hombre le impidieron en cosa de segundos el escuchar cualquier cosa. Cuando la voz había comenzado nuevamente a hablar, él ya se había resuelto a arrojarse… y lo había hecho; prefiriendo el descubrir su verdad antes que cualquier otra oferta. Bien todo podía ser una trampa, a fin de cuentas.

Una caída, a la velocidad a la que él iba, hubieran matado por falta de aire a un ser humano normal, y sin embargo seguía vivo y consciente. Veía, a su vez, cómo la ciudad comenzaba, sorprendentemente, a desmoronarse y destrozarse. Pronto, en un espectáculo similar a una explosión, aquella especie de isla flotante se había destrozado en múltiples fragmentos, algunos de tamaños colosales. Y todos caían en su dirección. Asustado del drástico  cambio de su situación, el hombre cambió su postura como pudo, tratando de ver con sus ojos que era lo que le deparaban la caída, pese al velo de las nubes y la fuerza del viento que golpeaba directamente su rostro. Fue así que después de unos instantes consiguió ver un mar. Un mar amplio y vasto hacia el cual se dirigía inexorablemente. “Bien podría ser mi final” Pensó en ese momento, mientras inhalaba aire profundamente. Pero tuvo fe y se preparó para la inmersión. Se concentró al máximo y olvidó todos los peligros. En un instante como ese hubiera podido enfrentarlo todo…

Estrellándose fuertemente contra el mar, con las manos primero, se había introducido en las profundidades como si de un impacto de bala se hubiera tratado. Los pedazos de la isla no se hicieron esperar, y haciendo gran estrépito se habían hundido poco después, y por completo, en las profundidades.

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