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De todas las personas que he conocido, mi madre ha sido, por mucho, la más particular. Impredecible, carismática, directa, sabia, práctica y un sinfín de otros atributos la han hecho siempre tomar las mejores decisiones, las que más de una vez me enfurecían o me sacaban de quicio por sentir de que tenía toda la razón. Se contrastamos esto con mi manera de ser arrogante, arriesgada y a veces hasta un poco irresponsable, la mujer conseguía ponerme en mis cabales en todo momento; algo digno de una medalla, considerando que cualquier otra persona podía fracasar al respecto. Y no era para más: Las cosas que enfrentamos y compartimos juntas, sólo ella y yo, desde los primeros años de mi existencia, hicieron de que crecieramos muy unidas, nos fueramos muy sinceras desde el principio y nos compartiéramos cosas que incluso le omitía a otras personas. Mi madre se había vuelto, tal vez sin saberlo, en una de mis mejores amigas. Pero esa amistad, por desgracia, se vería puesta a prueba una vez mas.

No era el mejor período de mi vida, ¿Esta bien? Vivía lejos del hogar y estaba en la universidad. Una vez que había ingresado, había hecho todo lo posible por enfocarme en mis estudios. Después de todo, era lo que yo quería. Era lo que mi madre quería. Era lo que cualquier persona con la oportunidad hubiera querido… pero esos deseos tan nobles pronto me habían dejado de lado, así como yo también los había abandonado. Pronto mis estudios eran tan sólo una ilusión, una pantalla, mientras comenzaba a conocer la atractiva vida nocturna, el desinhibido mundo de las fiestas… y el dulce sabor del alcohol; mientras mi madre recibía de mi parte noticias de buen progreso… y humildes peticiones de dinero.

¡Por un momento realmente lo intenté! Por un momento realmente pensé en llevar una doble vida. Controlar lo que comenzaba a descubrir, aunque fuera un poco… pero no estaba acostumbrada al nuevo mundo que conocía, y por lo tanto comenzó a absorberme por completo al querer conocerlo y apropiarme de él. No es que no tuvieramos entretenciones allá en mi ciudad… pero ahí, en la ciudad de mis estudios, sin vigilancia, sin restricciones, sin prohibiciones. era todo tan diferente y atrayente que después tan sólo tenía la intención de responsabilizarme de mis actos. Y nada más. Así fue como comencé a hacer de todo: Me involucré con hombres, con mujeres inclusive; me dí a las bebidas alcoholicas mas fuertes que podía encontrar y fumé y probé todas y cada una de las drogas que me ofrecían. No me prohibí absolutamente nada… y a veces no sé como llegué a soportar tanta porquería en mi cuerpo.

Todo después de eso comenzó a ir peor. Mientras yo sentía llegar a lo más alto, estaba realmente cayendo en lo más bajo. Reprobé muchas asignaturas, dí ebria muchas pruebas y recurrí a los trucos más miserables para conseguir buenas calificaciones. En mi pensión, mis “amigas”, expertas en las artes del engaño, me ayudaban con los discretos papelitos que infiltraba en todas las evaluaciones que podía, además de auxiliarme en las “buenas noticias” que hacía llegar a mi madre. Ni siquiera me sentía culpable de mentirle, y no me temblaba la voz para pedirle dinero, que siempre parecía faltarme.

Mi osadía, descaro y vicios habían cruzado muchas líneas, y perdí por esas razones a mucha gente que tuvo fe en mí, que trató de ayudarme o me quiso lo suficiente como para decirme de que estaba mal encaminada. No les escuché y aún estoy pagando el precio de esas decisiones, pero el castigo estaba mas cerca de lo que creía en ese entonces. Porque sí: Todo se devuelve, y todos mis vicios se encontrarían con una sorpresa muy inesperada.

Era una noche de invierno. Habían acabado las clases y estabamos de fiesta en la pensión. De pronto suena el timbre y, pensando que era algún otro rezagado abrí la puerta sin miramientos, encontrándome frente a frente con mi madre. Antes de que pudiera articular palabra alguna con la cual expresar mi sorpresa había recibido un puñetazo en el estómago y uno en la cara, producidos con tanta fuerza y con tanta rabia que me habían derribado y me dejaron inconsciente. Hecho esto, se dió la media vuelta y se fue. Sin decir nada, sin explicarme nada, sin entender cómo había sabido, cómo se había enterado o si lo sospechaba desde un principio. Tras el suceso mis amigas me habían tomado en brazos y me habían acostado, mientras nadie más se había inmutado en lo más mínimo por lo ocurrido.

Había quedado devastada. Los golpes no habían valido nada comparado con la humillación, la decepción y la tristeza que sentía. La culpa finalmente hacía su labor, y al mismo tiempo comenzó a producir cambios. Aquella mujer había viajado, de ida y de vuelta, en un avión y un bus sólo para darme una paliza. Aquello tenía que significar algo.

Por lo tanto comenzé el camino hacia la redención. Fue muchísimo más difícil y me costó todo lo que había “ganado”, y todavía más… pero estaba decidida a conseguir mi meta y finalmente comenzaba a pisar la tierra. Comencé a darme cuenta de todo los errores que había cometido y todo el mal que había hecho. Mi madre, al menos, no dejó de financiar mis estudios, pero no volvió a ponerse en contacto conmigo. Dispuesta a demostrarle que había cambiado, no obstante, puse mi mayor esfuerzo por revertir todos los daños y salir adelante pese a las todas las dificultades, triplicadas por el camino que había elegido… hasta que lo conseguí.

Pasó un año de silencio hasta que finalmente volví, sólo para enterarme de que mi madre estaba luchando silenciosamente contra el cáncer. Aquello ya era demasiado, entristecida, pero determinada más que nunca antes, reconcilié todas las heridas y trabajé incansablemente hasta terminar la carrera que había empezado. Conocí al hombre que actualmente es mi pareja y dejé atrás todos los excesos sólo con el recuerdo de la única paliza que mi madre jamás me había otorgado.

Cuando la fui a ver, con mi título en la mano, le quedaban tan sólo dos meses de vida, según los doctores. Ha vivido tres años más, pero eso yo no lo sabía en ese entonces. Cuando la abracé, al despedirme de una visita claramente emotiva, recuerdo que le pregunté:

—¿Realmente tuviste que pegarme tan fuerte, mamá?

Recuerdo que puso su mano en mi frente, sonrió lo mejor que pudo con el dolor que su condición le hacía sentir, y me dijo:

—¿Hubieras hecho algo por tu vida si yo tan sólo te hubiera hablado?

La respuesta, que tenía una respuesta tan segura y tan sencilla, fue razón suficiente para reírnos a carcarjadas, estrecharla en mis brazos y despedirme, con la promesa de estar a la primera hora mañana, en el hospital.

Nunca olvidaré lo que hizo por mí ese día, por mucho que pueda criticarse desde otros aspectos.

Gracias, mamá…

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