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Nuestro gran tormento en la vida proviene de que estamos solos y todos nuestros actos y esfuerzos tienden a huir de esa soledad.

-Guy de Maupassant-

Quisiera comenzar con una pregunta: ¿Habré sido un detective o un analítico en mi vida pasada, antes del abismo metafórico al que llamo olvidar? Esto lo digo específicamente por los hechos que han ocurrido estos últimos días, si es que así puedo llamarle al paso del tiempo en este oscuro y frío lugar.

Fui recogido y acogido por seres humanos, y por algún extraño presentimiento pude percibir que esta vez no se trataba de los seres con los que había interactuado anteriormente. Esta vez eran diferentes. Cuando desperté, luego de la caída, estaba semidesnudo, rodeado de una sábana harapienta, y envuelto en la más terrible oscuridad. Tenía vendas donde se encontraban mis heridas y un dolor, todavía latente, me recorría por completo. Sin intentar siquiera incorporarme, traté de escudriñar en la oscuridad, por si era capaz de divisar cosa alguna. Pero no era así. La sensación de soledad era lo que más me aterraba, dadas las circunstancias. No obstante, presentía que no estaba solo.

Escuché una voz y unos pasos detrás de mí, y supe que habían notado mi despertar, aunque no sabía cómo. Uno de ellos me preguntó cómo me sentía, con una voz muy lenta y profunda, como si fuera increíblemente viejo y casi hubiera olvidado lo que era hablar. Aunque no le venía, sabía que se había situado delante de mí, tal vez para que no moviera la cabeza. Con confianza, le contesté que me sentía mejor, pero que aún tenía dolor. Inmediatamente después le pregunté por mis vestimentas, sintiéndome repentinamente un tanto desnudo. Tras unos instantes de silencio, me respondió que ya no podría volver a usar esos harapos. Me dijo que a los pies de mi improvisado lugar de descanso encontraría ropa, bastante similar a la perdida. Intrigado por todo, no aguanté a conversar con estos inesperados compañeros en otra instancia, y pregunté por la oscuridad que nos rodeaba. “¿Qué oscuridad?” fue la enigmática respuesta que recibí a cambio, mientras oía como sus pasos comenzaban a alejarse y cerraban la puerta de una habitación que no podía ver en absoluto.

Haciendo acopio de mis fuerzas, e incluso tragándome el dolor que todavía sentía, me levanté y comencé a caminar lentamente alrededor de lo que sabía ahora que era una habitación cerrada. Me sentía extrañamente seguro y protegido, y en mi cabeza el pensamiento de un potencial peligro estaba casi completamente descartado. Pronto uno de mis pies chocó con algo que reconocí, por el tacto, como una vela. Esperanzado por poder tener algo de luz busqué algo con que encenderla, así que de rodillas comencé a tantear con las manos algún otro objeto en el suelo o la posibilidad de algún mueble… hasta que choqué con uno. Parecía una pequeña mesa de madera, sobre la cual habían varios objetos que parecía delicados. El sonido característico de la caja de fósforos vino a mí y me permitió traer, finalmente, luz a la habitación en que me encontraba.

Después de acostumbrar mis ojos a la luz, deslumbrante como nunca antes la había visto, conseguí explorar un poco la habitación (casi perfectamente normal, como si de un momento al otro se hubiera cortado la luz, nada mas). La curiosidad de hablar con los hombres que vivían aquí, sin embargo, se había llevado la porción más grande de mis pensamientos, y por lo tanto, guardándome los fósforos en los bolsillos y tras haberme vestido con las ropas polvorientas que se me habían entregado, abrí la puerta de la habitación y salí lentamente por ella, resistiendo estoicamente el dolor que producía la cera derretida en mis manos, mientras resbalaba por ellas.

El asombro me dominó cuando me dí cuenta de que la habitación era sólo una parte más de una inmensa estructura, semejante a una fortaleza o un castillo, de tiempos que aún no vienen a mi mente mas que en la imaginación. Sin indagar en todas las posibilidades ante mí, no me costó mucho encontrar a sus habitantes; encontrándose todos, prácticamente, en la entrada, portando armaduras y espadas, así como algunas sostenía ballestas y mosquetes. ¿Dónde había ido a parar? creo que era la pregunta mas recurrente que cualquiera podría haberse hecho, pero a mí no me parecía tan extraño… y por lo tanto debía saber el por qué.

La luz les había hecho girar hacia mí desde el momento en que me asomé al pasillo, y raudos me hicieron señas en silencio para que me acercara hacia ellos. Extrañamente no parecía afectarles en nada la luz, salvo en preocupar aún más sus rostros. Aún así no me apagaron la luz ni me pidieron que lo hiciera; en cambio me entregaron una espada -un sable adornado con gemas- y se voltearon todos los rostros hacia la gran puerta, esperando. Esperando algo que yo no veía ni percibía de ninguna manera. Sin embargo, no pude evitar apoyarlos en su causa, por absurda que fuera. Después de un tiempo que parecía eterno, con la vela agotada hacía bastante tiempo, las puertas se abrieron y escuché el sonido de pasos adentrándose en el recinto. Tras volver a cerrarse las puertas se retiraron todos, quedándose sólo dos de guardias en la puerta. A mí me habían tomado sutilmente del brazo, dada mi ceguera, y me había llevado con ellos a otra habitación; un salón que, descubriría luego gracias a la luz, era de reuniones.

Conversamos. El lugar era, efectivamente, una fortaleza. En ella habitaban a oscuras y en silencio, ocultándose de algo que parecía acecharles y perseguirles constantemente. O al menos eso creían. Sus ojos se habían acomodado a la perfección a la oscuridad, y esperaban que yo también pudiera hacerlo, eventualmente. Algunos eran jóvenes, algunos tenían mi edad, y otros eran muy viejos. Estos últimos parecían claramente deshechos físicamente al punto de que saber que caminaban parecía un milagro. Trastornados como estaban, había visto, mientras tuve la luz, como sus ojos escudriñaban constantemente en la oscuridad, y se sobresaltaban increíblemente cuando me oían hablar. Era demasiado fuerte para ellos. Esta diferencia constante de edades me llamó poderosamente la atención, razón por la cual les pregunté el cómo habían llegado hasta el lugar. Sorprendentemente, me contaron que sus antecesores lo habían construído; aunque no pudieron explicarme exactamente el cómo. Siempre había habido gente en el lugar, y siempre estaban a la espera de que llegaran nuevos habitantes… o que llegara la criatura innombrable.

Para mi, fue todo muy extraño. Dijeron que venía “del exterior” y me pidieron que les compartiera mis experiencias hasta antes de llegar al lugar. Teniendo al fin con quienes conversar, les compartí mis desventuras (evitando, claramente, lo más personal), logrando sacar del entierro algunas de las preguntas que dormían en mi subconsciente. Asombrados de mis descripciones, especialmente los más ancianos, que parecían vivir sólo de los recuerdos, avancé en la historia hasta el punto de mi primer encuentro con la bestia. Aquí fue donde todos se sorprendieron, y me preguntaron cómo era, de qué era capaz y cómo me había logrado salvar. Les conté con detalle todo lo que sabía, y entonces suspiraron, preocupados por las noticias que les traía, aunque haciendo comentarios entre sí, casi inaudibles para mí por lo bajos y rápidos que podían llegar a ser. Cuando llegué a la parte en que caía por la grieta, producto del terremoto, parecieron angustiarse y preocuparse en demasía. Entonces, pidiendo la calma ante las voces que comenzaron a aumentar de tono y de preocupación, el anciano con que antes me había encontrado, tomó la palabra para contarme cómo me habían encontrado los miembros de la guardia externa, cómo me habían traído malherido, especialmente por las heridas de la bestia, y cómo habían conseguido sanarme tras dos días de inconsciencia.

Sorprendido de la capacidad de cosas que sabían, deseé hacerles mis propias preguntas; pero me pidieron que fuera a descansar primero. Hablaríamos todo lo que yo necesitaba saber al día siguiente. Me pidieron que guardara el sable conmigo, entregándome para este propósito la funda, me pidieron que buscara algunos otros objetos para mi protección al despertar y que evitara, todo lo posible, utilizar la luz; aunque no me estaría prohibida. Sólo querían que me acostumbrara a la oscuridad. Ellos tratarían con la información recién entregada y tomarían una decisión pertinente, y al terriblemente relevante. Sospechaba, irremediablemente, que había llegado a los últimos días de la fortaleza y que probablemente se me vería como responsable de la ruina y el futuro caos que caería en este lugar. No obstante, no expresé en ningún momento mis sospechas, y decidí, por el momento, aceptar las instrucciones. No pretendo escapar; al menos… aún no ha rondado la idea por mi cabeza.

El día siguiente llegó, y pese a que efectivamente adquirí un poco más de defensa al ponerme cuero reforzado en el torso, en brazos y en piernas, no conseguí las respuestas que quería. El anciano se disculpó, pero me dijo que era mejor que yo reflexionara el cuando, realmente, quería saber las respuestas. Increíblemente, consideré que aún no quería saberlo, y me retiré de su presencia. Nada me dijo sobre sus decisiones, tampoco. Los días, si puedo llamarlos así, han sido extraños y erráticos. No me asustan, pero ellos sí parecen tener mucho miedo. Miedo de todo, y de todos; a veces, incluso de ellos mismos… y aún así me encontraba cómodo en este estado de cosas. Me sentía a salvo y completamente protegido, aunque esto fuera una ilusión cada vez que me tocaba salir a patrullar al exterior, el cual me aterraba al abrirse en mi imaginación las posibilidades de un ataque inminente y el terror a la muerte me acechaba… pero nunca más que a mi compañero. Con el pasar de los días he sentido que comienzo a pensar y actuar como ellos; y convertirme en uno más es una idea claramente perturbante.

Ya no sé cuánto tiempo he estado aquí, sinceramente; pero hace unas horas, he decidido que quiero saber la verdad que se me ha ocultado y que no había querido conocer todavía. He caminado con una de las velas que tan generosamente se me han otorgado, y entre las múltiples extrañezas, maravillas y curiosidades esparcidas a lo largo y ancho del recinto, que cada vez conocía mejor, me topé con un cuadro que estaba tapado. Percibiendo la posible importancia que tenía este objeto para clarificar mis preguntas, los descubrí, y lo que ví despertó mis viejos miedos y me trastornó de manera casi sobrenatural. Exquisitamente pintado e ilustrado, se exhibía el monstruo cambiante y oscuro que me había estado acechando, y bajo el marco inferior, en una placa dorada, relucía, grabado, un nombre…

Y ese nombre era: “Dewanee”.

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One Comment

  1. me sorprende que no haya preguntado mas a los ancianos! de paso, la ilustración al final cayo como anillo al dedo, se que debes haber pasado bastante tiempo buscándola, pero creo que encajo con lo que se tenia en mente, saludos!


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