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“La oscuridad es el miedo a los fantasmas vivos.”

-José Víctor Martínez Gil-

¡Pesadilla! ¡Caos! ¡Oscuridad, profunda como el vacío que debe de existir tras esta existencia miserable y perdida! He sido atacado por un monstruo indescriptible; y, todavía, sin entender el cómo ni el por qué, he salido con vida…

Todo ocurrió en el momento más inesperado, no mucho después de haber terminado de escribir el testimonio anterior. De un momento a otro, una bestia, que a todas luces parecía una visión monstruosa y bizarra de “algo” asociable a una pantera por mi imaginación, hizo estallar todos los escombros que me protegían del exterior. Todo lo que ocurrió después ocurrió de manera extraordinariamente rápida e irreal, como si hubiera sido parte de un horrible sueño, aunque las heridas en mi cuerpo me recuerden a cada instante su realidad. Al presenciar con mis ojos a la bestia, mas oscura que cualquier oscuridad que haya concebido antes mi vista, un súbito estremecimiento se apoderó de mí, junto con la reaparición de la febril locura que había experimentado hace tan poco. Me aterré por completo, y aunque estaba en mi mente completamente convencido de que iba a morir allí, conseguí un contradictorio coraje, y gracias a él me atreví a defenderme como pude; y aunque resulté terriblemente dañado en el proceso, logré huir un par de metros.

Tuve la agradable sorpresa de encontrarme un revólver entre mis vestimentas, así como con la súbita sorpresa de que tenía balas y sabía como utilizarlo. Fue tal la velocidad con que lo había recordado que mi mano había jalado del gatillo antes de que pudiera preguntarme qué era lo que tenía entre mis manos. Había sido, durante los ataques de la bestia con sus garras, que me había percatado de la presencia de este vital objeto… o, tal vez, su memoria, dormida, había venido a mi mente ante la desesperada necesidad. Como fuera, fue gracias a la pistola y su uso que conseguí zafarme de la muerte y el peligro y abrirme paso, por un breve instante, por los escombros y la ciudad que con cada instante parecía tanto una entidad en mi contra… así como el lugar mismo de mi tumba. La bestia seguía detrás de mí.

Habiendo perdido tanta sangre, malherido, físicamente agotado y con semejante peligro a mis espaldas, fue un esfuerzo extraordinario el girarse, levantar el arma y volver a disparar sin sentir cómo el dolor recorría mi cuerpo maltrecho. No obstante, parecía que los disparos sólo eran breve dolor y miedo, y una vez acabadas las balas presencié una horrorosa transformación, en la cual este ser me rodeó por completo de su oscuridad, un vacío del que asomaron cientos de ojos y fauces babeantes, afiladas y sedientas de la poca sangre que me estaba quedando. Asumí entonces el fin de mi existencia; acepté el término de todo y me resigné a partir de este extraño mundo sin las respuestas que estaba buscando. Cerré los ojos y dije, de pronto, sin entenderlo siquiera, un nombre:

“Ayleen”

El nombre fue como un susurro, una palabra con un significado profundo para mí, que escapó de mis labios al mismo tiempo que el impulso que portaba el recuerdo cruzaba mi cerebro. Fue en un sólo instante en que me dí cuenta del amor que sentía hacia esa mujer, y los deseos irrefrenables de estar con ella, de verla una última vez. Instintivamente abrí los ojos, y cuando lo hice… estaba allí. Frente a su hogar. Contra todo pronóstico.

Donde me encontraba soplaba un viento heladísimo, que quemaba mis heridas y calaba en mi empequeñecido espíritu. Era de noche, pero no había luz alguna en el cielo, sólo oscuridad, sin estrellas ni señas de cualquier posible firmamento. Aún así, había una luz (gracias a la cual podía ver), y esa luz no era otra que la del hogar al que tantas veces en el pasado había estado. Mi segundo hogar: Su hogar. Los jirones que conformaban ahora a mi ropa comenzaban a mojarse por completo, así como yo me sentía desfallecer por todo el daño y el dolor recibido, que aumentaban con cada paso que me aventuré a entregar, como un desafío a la nieve, al frío, y a la distancia que me separaba de Ayleen. Tal vez era a ella a quien estaba buscando todo este tiempo. Parecía tener sentido.

Caminé lo que pareció una eternidad antes de llegar a alcanzar la puerta. Una vez allí, frente a la que yo creía que sería la única barrera física entre yo y ella, tuve que enfrentarme, también, conmigo mismo y mis dudas. Sentía la necesidad de verla, pero al mismo tiempo tenía un miedo tal que me impedía levantar siquiera la mano para tocar la puerta. Era eso o el frío. No obstante, conseguí que mis nudillos golpearan la puerta, y entonces, el miedo que había sentido se trocó en seguridad cuando, ahí detrás, los sonidos de pequeñas carreras y de pasos, la percepción de alegría y risas, la sensación de harmonía y festividad de una fecha que desconocía se detuvieron un sólo instante, para trastocarse en la alegría de una visita esperada. La puerta finalmente se abrió, y de su interior brotó una luz blanca que me rodeó completamente…

Hace mucho tiempo yo amaba a una mujer. Su nombre era Ayleen. Era madre cuando la conocí y lo seguía siendo cuando me fuí. Yo la amaba a ella, y ella me amaba a mí… aunque no era capaz de darme cuenta completamente de sus sentimientos todavía. Mi egoísmo era demasiado grande, y mis acciones como su pareja siempre parecían orientadas a mi beneficio, dándome a creer que siempre era yo el que tenía la razón en nuestros conflictos, que fueron en aumento. Pero yo la amaba, realmente; y muchas veces sentía que daba el brazo a torcer a su favor sólo por el miedo a perderla o a estar un día sin su voz ni su presencia… pero la perdí. Con mi actitud, que como una enfermedad sin tratar se expandía irrefrenablemente, la perdía día tras día de forma inevitable, y por lo tanto llegué a la conclusión de que había cruzado el punto de no retorno. Así que no quise intentarlo más. Fue una noche de año nuevo. Sí… la peor fecha que podía haber elegido. Pero estaba dolido. Rencoroso. Con deseos de venganza; y por lo tanto, quería hacerle daño. Quería cambiar su sonrisa por pena, su alegría por dolor, por preocupación por mí… y eso fue, precisamente, lo que obtuve a cambio: Pena, dolor, preocupación… y culpa. Una cruz que cargué por demasiado tiempo.

“Perdóname, Ayleen. Perdóname…”

Cuando la puerta se cerró empecé a caminar hacia la reja, y una vez que estuve fuera, comencé a caminar hacia mi hogar, que no quedaba demasiado lejos del suyo. Estaba completamente curado: No tenía heridas, cansancio o dolor algunos. Portaba, además, un grueso abrigo, zapatos gruesos y una chaqueta deportiva completamente informal, pero que parecía combinar, de alguna manera, con el abrigo. Mis pasos hacían eco en el silencio de la noche estrellada que estaba presenciando, y mi vista y mi mente, clavadas en la Luna, hacían memoria de todas las veces que había salido de su casa con una sonrisa y un cigarrillo encendido en los labios, tras hablar sobre nuestros respectivos días separados el uno del otro, tras el cariño y las caricias, y tras el desenfreno apasionado que esto acarriaba. Sí, todo venía a mi mente al decirle adiós. Y “adiós” fue lo que susurré, en el silencio, con la misma vieja sonrisa de antaño… y se cortó de inmediato, cuando desde un techo, a mis espaldas, oí el caer de un cuerpo pesado. Era el monstruo, de nuevo.

Nuevamente, fue todo tan rápido, que apenas sé que fue lo que ocurrió: Apenas me dí vuelta la criatura ya tenía sus dientes en el abrigo. Había intentado morder mi tórax, pero un movimiento de reflejo instantáneo había conseguido que me apartara a tiempo, no obstante, una de las patas me golpeó, y con los ropajes nuevamente rotos, caí de espaldas al suelo. Rodé inmediatamente, pero el dolor desgarrador de la zarpa bestial me vino a mí otra vez… y ya no me soltó. Tras lo que pareció muchísimo tiempo, el monstruo intentaba destrozarme con sus garras y lo estaba logrando, dado que mi resistencia era inútil e insignificante. Aullando de dolor, sentía cómo estaba destrozándome, lentamente, sádicamente; buscando hacerme pagar, tal vez, la manera en que huí de ella, aunque yo mismo estuviera tan confundido como ella en ese aspecto…

¿Cómo sobreviví? Dado que estaba aún más herido que antes y no tenía escapatoria posible, según yo; ¿Cómo sobreviví a la gran criatura con forma de pantera caótica? La respuesta consiste en un terremoto. Tan pronto como vino, comenzó a comprimir y expandir la tierra. Este movimiento atemorizó a la “pantera”, y levantó por un momento su potente y peligrosa zarpa para mirar a su alrededor. Haciendo, entonces, todo el acopio a mis últimas fuerzas, conseguí girar, ponerme de pie y comenzar a correr, desesperadamente y con todas las fuerzas que me quedaban, lejos del bizarro animal… pero no pude hacerlo. Pese a que ese era el plan, una grieta se abrió debajo de mí, y en cuestión de segundo, el suelo, así como la luz y la realidad cada vez más infrecuente, se convirtieron mutua y simultáneamente en memorias distantes y lejanas.

Hoy he despertado bajo el ciudado y atención de hombres, tan reales como yo; los cuales han conseguido vivir desde mucho tiempo en este “santuario”, usando sus palabras. Aquí, bajo una vela, todavía escribo, pese que todas mis hojas y lo que antes había escrito se perdió, destrozado, en mis ropas viejas. Parecen temerle a la luz, por lo que escribo lejos de ellos, y es aquí donde termino mi historia, por el momento. Pienso escribir mucho más de ellos en la siguiente ocasión. Ahora sólo deseo observarlos, y que me ayuden a entender, por fin, a que se debe toda esta locura. Porque sé que tienen respuestas, quizá a todo lo que estoy buscando.

Aquí, al fin, estoy a salvo de todo.

3 Comments

  1. Porque esta historia me suena a videojuego???
    Interesante y dinámica… Que tensión jejejeje
    De verdad crees estar a salvo? Vale… esperare.
    Besos infernales!

  2. amor esta cada vez mejor ,que sucedera! Te amooo… Y vamos por la quinta parte uyyy… Que nervios

  3. que dinámico! en cierta forma siento que conozco las reacciones del personaje, pero todo su entorno es confuso, ojala tenga un buen desenlace y final, ya me intriga bastante todas esas cosas extrañas que suceden.


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