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“Loco no es el que ha perdido la razón, sino el que lo ha perdido todo, todo, menos la razón.”

-Gilbert Keith Chesterton-

Desde la más profundo de la irrealidad, dos ojos comenzaron a brillar en la oscuridad.

Eran ojos de muchos colores, monstruosos, cambiantes, deformes; y la vista misma de estos ojos parecía escudriñar en todas partes. Ahí, donde no había nada más que vacío. Habían estado ahí durante muchísimo tiempo; en silencio, en reposo, dormidos, perdidos. Tal vez había sido demasiado tiempo. No obstante, demasiada vida se sentía tras el vacío. Se escuchaban, pasos, risas, ira y llanto. Eran demasiadas emociones, y estas delataban vida, consciencia… humanos.

Había llegado el momento. Habían transcurrido lo que parecían eones desde la última vez…

La negrura que infectaba todo a su alrededor comenzó a torcerse, a arrastrarse, a comprimirse. Lo que unía a las esferas de luces estaba en movimiento, y con ello la corrupción de todo lo vivo y lo existente. Aún así, parecía demasiado lento y la impaciencia le carcomía por dentro. En su interior no había pensamiento mayor que el caos, el desprecio y la oscuridad; la semejanza a todo lo que la criatura era y le rodeaba siempre. No obstante, esa no era su misión, aunque un impulso similar a un pensamiento la anhelara. Era tan antigua que ya nada ni nadie podía decirle su edad, y debido al peso de este tiempo y el largo letargo se movía tan lentamente; pero aquello eran cosas demasiado fáciles de deshacer. Se sacudía la antigüedad como quien se sacude una débil capa de polvo, y el sopor del sueño continuaba esfumándose, despertando sus sentidos, especialmente el que le tenía más inquieta y ansiosa.

Alguien había entrado a los dominios… y ella era la guardiana. Quien fuera, ya no podría irse nunca más, llorar, reír o soñar con ser; ella le daría caza, como a todos los anteriores. El invasor debería convertirse, también, en un recuerdo; en una irrealidad constante. Una sombra sin nombre ni identidad. “La muerte de la muerte misma” había oído murmurar una vez, sin memoria casi, de algún espíritu perdido y enloquecido. No había entendido del todo, pero aún así había acudido a sus recuerdos, que le ayudaban a ponerse en forma. Despues de todo, había pasado mucho tiempo desde la última vez, y su víctima creería tal vez que podría huir y alcanzar la salvación. Pero siempre los atrapaba al final, sin importar lo lejos que huyeran o lo bien que se escondieran. Era parte de la diversión.

Sus ojos se clavaron arriba, donde había, en una de las habitaciones de un edificio, unos cuantos seres alrededor de una fogata, conversando. Eran un recuerdo, o parte de un recuerdo, de aquel a quien estaba buscando. Pero ya no. Pronto logró subir -una masa negra ascendiendo desde las profundidades del abismo- por las grietas del concreto, por los agujeros y ruinas de los alrededores, hasta donde los entes se encontraban.

Los entes, por su parte, disfrutaban del momento, hasta que vieron una mancha negra burbujeante y agitándose donde antes sólo había una pared de madera un tanto trizada. Desde esta mancha hacia el exterior fue por donde se manifestó el guardián, formando su cuerpo con la misma oscuridad que le rodeaba, pues eran una sola cosa nacida desde el abismo. Horrorizados, los entes intentaron huir, pero ya era tarde cuando lo habían decidido. Para el guardián era un juego. Casi un entrenamiento. Habían sido tan sólo la manera de redescubrir las capacidades latentes en su interior.

Lo había sentido. Estaba seguro. Lo que había destruído era una parte de él. Debió de haberle dolido, pero no sabría a qué se habría debido hasta que ya fuera demasiado tarde. La emoción que había emitido era rastro suficiente para encontrarle, pero lo mejor era recorrer el camino que él mismo había elegido. Así se entretenía corrigiendo las anomalías en el camino. Sin esfuerzo alguno, la criatura saltó por la ventana y se dejó llevar ahora por el rastro de vida que se escondía a lo lejos de su vista.

Encontró sin dificultad el punto de entrada, una habitación ruinosa en un edificio no muy lejos de donde ella misma se había materializado. El rastro continuaba hasta una caseta donde abundaba la vegetación. La aparición infantil que se encontró no pudo hacer nada para escapar a sus garras y tras envolverlo por completo lo “purificó”. Dejando detrás de sí los restos físicos, la entidad caótica continuó hasta la caseta, y sin problema se introdujo en su interior, para encontrarse con la anomalía que le había permitido viajar tan lejos: un agujero onírico. El guardián se detuvo un momento, indeciso, preguntándose cómo el mundo que le rodeaba podía estar tan deteriorado, y finalmente se adentró, adaptando su forma a la nueva situación.

Una vez adentro, se desplazó aún más velozmente a través del camino, corriendo con las fuerzas en aumento que iba recibiendo. El exterior, con sus sensaciones vastas y diversas, reanimaban cada vez más rápido los sentidos dormidos, que se fortalecían con el acontecer de los minutos. Dado que era poca la distancia que podía recorrer por un humano desorientado y perdido, la velocidad del guardián se compensaba con eliminar las anomalías y los entes que había a su paso. No eran ni serían necesarios. Al llegar a la ciudad en ruinas, no le costó mucho alcanzar el otro cabo del agujero onírico, pero en lugar de repararlo o adentrarse en él, generó un agujero anexo no muy lejos, con el cual poder aterrizar en el territorio cercano y acechar a su presa. Para hacerlo tuvo que sacrificar parte de su recién adquirida energía, un proceso que era tedioso y doloroso, pero no había alternativa. El daño era grande y deseaba no perder el tiempo. Usando parte de la materia que le conformaba, que era técnicamente ilimitada, consiguió abrir un agujero lo suficientemente grande como para alcanzar el otro lado.

Acabó cerca de unas criaturas a que rápidamente huyeron del lugar, sabiendo qué era y cuáles eran sus intenciones. Entonces, el guardián escuchó gritos de locura y desesperación. Aquello era como un llamado que difícilmente pudo resistir. Decidió el silencio y el acecho. Espero a que la oscuridad viniera por completo, y entonces comenzó a moverse sigilosamente hacia donde había escuchado el sonido. Los entes desfigurados, asustados y vigilantes aún, seguían en los alrededores, tratando de buscar y auxiliar al humano; pero nada podían hacer; así como el guardián se aseguró, también, de que no hicieran nada para alertarle, eliminándoles tan eficazmente que cualquiera hubiera creído que se habían ido. Sin interrupciones ahora, y descubriendo que donde el humano estaba no había salida, se avalanzó corriendo hacia su víctima.

En cosa de segundos, los escombros, la piedra y las ruinas que protegían al humano, un debilucho un tanto enflaquecido, habían volado en pedazos, dejando sólo a los dos seres, debatiéndose en una danza de vida y muerte. En alaridos, el hombre había intentado huir con la arremetida inicial y la explosión que se produjo después, pero la criatura le había impedido eso al clavar las zarpas en el abrigo y arrastrarle hacia sus fauces. El humano tomó inmediatamente un trozo de roca y se lo arrojó a los dientes, lo que fue inmediatamente tragado por su adversario, que le devolvió con un zarpazo su intento de ataque. El grito de dolor le produjo satisfacción y por lo tanto intentó una dentellada, pero falló dado que con rápidos reflejos el hombre dió una voltereta, pese a sus heridas y tomó por la cola a la bestia. La transformación del cuerpo del guardián fue tal, como consecuencia, que el hombre pareció darse cuenta entonces que no podría arreglar las cosas luchando sólo con sus manos. Nuevamente intentó huir, y nuevamente el ataque de las garras le devolvió al suelo. Antes, sin embargo, de que el guardián pudiera reclamar a su presa, abriendo enormemente sus colmillos, sintió una serie de dolores agudos que le paralizaron, le hicieron retorcerse y caer al suelo, dándole tiempo al humano para ponerse de pie y tratar de escapar, cojeando y trastabillando, por las ruinas. Aún ciega momentáneamente por el dolor, todo el cuerpo del guardián estaba vivo, y con su cola enormemente extendida intentó barrer todo lo que tuviera por delante, pero aún así el humano consiguió pasar esta adversidad. Determinada a darle caza, la sombra se incorporó y comenzó a perseguirle, recobrando en pocos segundos el camino perdido.

Le encontró en un callejón. Se abalanzó sobre él, pero tras un giro, nuevamente sintió dolor en su interior y cayó al concreto, aunque esta vez pudo ver la razón. El humano tenía un artefacto portátil en sus manos, el cual era capaz de inflingir dolor. Soportando la parálisis y la impresión inicial, soportó el dolor agudo que producía el artefacto mientras avanzaba lentamente. La expresión del hombre cambió de seguridad a miedo. Empezó a extender su sombra por las paredes y le aisló del exterior. Sus ojos brillaban ante la emoción de la caza y las sensaciones del combate. Pero no había tiempo para más.

Los ojos se engrandecieron y se iluminaron aún más con la sensación de victoria, las múltiples fauces que abrió mostraban los dientes y el pavor que recorría al humano era casi incomparable. Preparó el golpe de gracia.

Ahora ya no podría escapar.

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La imagen fue elaborada por Ole Ulrik Skipperud (Hobtotter). Podrán encontrar más de sus trabajos Aquí.

Saludos

4 Comments

  1. Estraña batalla, estraño relato… Como siempre, me dejas pensativa y logras atraparme en la voragine, aunque no acierte a comprender que estas expresando. Desde luego mas que sueño esto es pesadilla, pero nada aburrida!
    Un beso Adlien!

  2. Las replicas y replicantes son testigos atónitos que no necesitan “comprender” lo que el cerebro ha visto y oído…se suceden, sin más, como en el teatro, este gran teatro de la vida.

    Bsos. ^o^

  3. Por cierto, bellísimas fractales!¡

  4. ese etiquetado sugestiona demasiado, parece spoiler xd


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