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La ciudad, a lo lejos, apenas podía distinguirse del gris matutino por causa del mal tiempo: Lo nublado del cielo, la humedad del rocío y la espesa niebla que venía de las montañas no tan lejanas, que parecían haber confabulado entre sí para ser testigas del importante momento todavía por acontecer.

Esperando, en silencio, habían dos hombres. Uno de ellos, calmo, sereno y entrado en edades, parecía penetrar con su mirada a través de la cortina blanca de ilusiones; el otro, más joven, ligeramente encorbado, ansioso, temeroso y con el alma ennegrecida, terminaba cerrando el contraste formado por tan curiosas personalidades. Lo único que parecía unirlos era que ambos eran espadachines y portaban espadas. Eran, tal vez, los últimos que se atrevían a hacer eso…

En un molesto e irritante vacío de tiempo parecían estar ambos hombres atrapados eternamente. Sólo se oían los rumores de los árboles de su alrededor mientras agitaban sus hojas débil y graciosamente para aquel pequeño terreno llano y un tanto ausente de la vida vegetal que se ostentaba no demasiado lejos. Era, en el fondo, una arena de combate a la que más de unos cuantos duelistas habían ido y otros tantos habían acabado por quedarse; aunque a la fuerza.

El hombre más viejo había propuesto el duelo; el desafío. Ahora sólo quedaba que llegara el desafiado para que todo comenzara, y terminara, rápidamente. Era la seguridad de su llegada, por lo tanto, lo que tenía tranquilo al hombre (o quizá la misma ansiedad y miedo que tenía el joven sólo que por la edad y la experiencia estaba demasiado bien escondido); no así su compañero, que parecía un remolino impredecible de sentimientos, pensamientos y actitudes: Lo mismo podía matar al hombre con el que estaba como desenfundar la espada y correr como un poseso al encuentro de un enemigo inapropiado para su categoría y experiencia. Especialmente experiencia, dado que al joven parecía faltarle bastante.

“Ya casi está aquí. Puedo sentirlo” Dijo, al fin, el hombre mayor.

“¿Realmente quiere luchar contra él? ¿Valdrá la pena? Usted sabe lo que ese monstruo ha hecho. Usted puede morir…” Dijo el discípulo después de un momento de reflexión, aunque no recibió inmediata respuesta.

Al maestro poco le importaban, en ese momento, su discípulo y sus pensamientos… y hasta por un momento la sombra del enfado se posó sobre él: Siempre fue el más atolondrado, el más retraído y quien peor aprendía, interpretaba y entendía lo que ocurría a su alrededor.

“Si no lo hago… ¿Quién lo hará? Creo que soy el único que puede detenerlo. Aparte de tú y yo ya no queda nadie más, de todos modos…” Fue su respuesta, pero inmediatamente después de que lo dijo la tensión y la súbita ira le abandonaron tan rápidamente como vinieron; recordando, de paso, la voluntad, la valentía y la lealtad absolutas de aquel joven que decidió quedarse hasta el final a su lado. “Pero no te preocupes. Ya veras como todo saldrá bien al final” Fue su respuesta tras unos segundos, tras los cuales incluso le dirigió una sonrisa completamente sincera y tranquilizadora.

Pero pronto se acabó esa pequeñísima chispa de optimismo cuando el maestro sintió los pasos de su oponente no demasiado lejos ya de él; y en cosa de segundos pudo verle llegar arrogante, seguro y decidido, portando una elegantísima armadura y ostentando aires de poderoso señor. Ese había sido, por brevísimo tiempo, su mejor discípulo; y ahora era uno de los hombres más peligrosos que conociera su pequeño mundo. Vaya broma de mal gusto les había jugado el destino…

Por una ráfaga de segundo vino a presentarse a sus ojos el primer momento de encuentro. ¡Era todo tan diferente en ese momento! Tímido e inseguro, pobre y desaliñado, se le había acercado aquel joven una tarde para aprender esgrima de manos de quien él consideraba el mejor de los maestros. Y él, invadido por la compasión y enceguecido por la bondad y las buenas intenciones, le acogió y enseñó con el afecto de un amigo y la rigurosidad del más estricto de los instructores. Y aquel chico no se hizo de rogar para devorar con avidez todo lo que su maestro le enseñaba, avanzando, descubriendo y progresando a niveles increíbles, sorprendentes. Parecía que la espada había sido hecha para él y le hubiera estado esperando toda su vida.

Pero el maestro realmente había estado enceguecido por su afecto: Junto con este progreso vino a su vez la arrogancia y la prepotencia, y aún cuando cualquier demostración de estos actos eran duramente castigados, no le hacían aprender al joven esgrimista, y no evitaban que siguiera considerando “inferiores” a todos los discípulos de su maestro… al punto en que llegaría a sentirse igual, o superior, al mismísimo hombre que le había convertido, sin querer, en lo que era.

El momento en que el discípulo se enfrentó a su maestro fue el definitivo abrir de ojos del maestro de esgrima. Ensoberbiado, el practicante se negó a recibir las órdenes que le fueron dadas, y en lugar de recibir el castigo correspondiente osó enfrentarse contra el maestro, quien le redujo pese a la tenacidad y la habilidad desplegada por el muchacho. Fue cuando le miró a los ojos, que se dió cuenta de la clase de persona a la que había estado enseñando.

“Voy a tener que pedirte que te retires de mi escuela y no regreses más por lecciones. Ya no pienso enseñarte más.” Recordaba haber dicho ese día el maestro, dándole la espalda para ocultarle su ceguera y su pesar.

“¿Por qué?” Escuchó como respuesta en una voz cargada de sorpresa, de resentimiento y miedo.

“Porque si termino tu entrenamiento… habré forjado a un monstruo.”

El rechazo había incendiado el alma del discípulo en ese entonces, y poniéndose de pie, con lágrimas en los ojos, y un odio puro enfocado en ese hombre que le había despreciado, dió por concluído su entrenamiento y huyó de la ciudad con un rumbo desconocido… por un tiempo. No tardaron en llegar, incluso en ese pequeña ciudad apartada, las noticias de un desconocido que conseguía habilidosamente ingresar a las más prestigiosas escuelas de esgrima para luego, después de un tiempo, ejecutar tanto a los alumnos como al maestro. Aquello produjo tal impacto que muchos renunciaron a la práctica de la espada por temor a sus vidas y los otros buscaron desafiarle por las reiteradas provocaciones o por ambiguas razones “justicieras” con las que acabaron en la tumba.

Pronto el maestro había acabado por quedarse sin más discípulos que aquel que lo asistía en ese preciso momento… y al mismo tiempo llegó a enterarse de que era el último gran maestro de esgrima que quedaba. La única pregunta que en ese entonces quedaba revoloteando era si esperaría a que vinieran por él o se presentaría el mismo al combate; y digno como siempre, el maestro decidió enfrentar el desafío más grande de su vida.

Lo único que siempre le intrigó saber era el por qué le habían reservado para el final. ¿Había sido miedo? ¿Respeto? ¿O tal vez el querer infundir frustración y desesperación a una supuesta tortura psicológica, y posteriormente física? El maestro nunca aclararía su duda, pero era un tema recurrente en su interior. Sólo luchando podría saber la respuesta…

Pero tuvo que soportar, antes del combate, una inesperada e imprudente acción de su torpe aprendiz, el cual había desenfundado su espada; y ante el grito de “¡¡Traidor!!” había optado por cargar hacia su oponente, quien le apartó brutalmente hacia el lado con un solo movimiento. El golpe, pese a haber sido con la espada envainada, fue lo suficientemente fuerte como para arrojar lejos al impertinente y dejarle en claro que le estaba prohibido combatir. No tenía el más mínimo interés en mancharse las manos de sangre innecesariamente.

Siempre en silencio, maestro y discípulo se observaron detenidamente, buscando los cambios de cada uno; y tras unos instantes se dieron el saludo de respeto. Removiendo entonces su capa y gran parte de su armadura, el oponente reveló gran cantidad de espadas con las cuales, al parecer, pretendía combatir. El envejecido maestro, sin embargo, se contentó con desenfundar su espada y ponerse en posición de combate. Su adversario acabó por elegir una de las tantas espadas y hacer lo mismo.

“Para cuando esta batalla termine… tendrás, por última vez de mí, una lección inolvidable” Fue la frase del maestro que rompió el silencio e inició el combate.

Los aceros se chocaron. Las voluntades y los pensamientos se enfrentaron en una violenta poesía de habilidad y valentía. Ninguno se reprimió con el otro, sabiendo ambos que luchaban por su supervivencia. El renegado pronto encontró en su antiguo maestro un adversario finalmente digno, y su oponente se motivaba con el hecho de que todavía estaba a tiempo de enmendar el error en el pasado cometido. La concentración y el silencio del combate eran absolutos, y cada golpe de los aceros parecía ser más furioso y seguro que el anterior.

Súbitamente, y sin que ninguno de los dos lo buscara, se produjo un lapso de descanso: Separados por un instante, el maestro levantó su espada nuevamente para revelarla perfecta y sin daños; en cambio, la espada contraria se veía tan dañada y abollada que no podía resistir un segundo asalto. Sintiéndose ofendido y provocado, el adversario descartó con rabia aquella herramienta inútil de su lado, sacó dos espadas un poco más cortas y reanudó el combate inmediatamente. No pensaba regalar ni el más mínimo atisbo de ventaja.

El maestro no pensaba quedarse tampoco atrás. Los años de experiencia y el dominio perfecto del arma que empleaba le permitieron sortear a través de las diferentes armas y estilos de su adversario, algo que el otro nunca había aprendido pues no se trataba, exactamente, de aprender… sino de practicar, entrenar y perfeccionar constantemente. Rápidamente este pequeño factor se tornó en mortal debilidad para su adversario, puesto que su búsqueda de abarcar toda la esgrima en sus manos le había vedado el perfeccionar cualquiera de las cosas que había aprendido, dañando así las armas por no llegar a utilizarlas apropiadamente. Estoques, sables, espadas dobles o individuales quedaron inutilizadas en cada intento, cada vez en mayor ira y desesperación, de estar a la altura de su adversario.

El punto cúlmine fue cuando el maestro llegó a herirle en el rostro. La falta de concentración había sido tal que no le costó mucho trabajo al hombre encontrar brechas en su defensa. Producida la herida, el maestro se alejó y contempló anonadado la reacción, porque aquello había sido demasiado para su oponente: Todas las emociones y pensamientos arremolinados en su interior encontraron un punto de escape frente a aquella última instancia de vergüenza y humillación. De rodillas en el suelo, gritó y golpeó el suelo como un poseso, brotando insultos guturales de su boca. Aquel repentino ataque de locura fue, pese a todo, mucho menos impactante que la casi idéntica velocidad con la cual se repuso. Reincorporándose y tomando en sus manos una de las pocas espadas que ahora le quedaban funcionales, se puso en una posición extraña de combate y comenzó a acercarse lentamente en lugar de cargar directamente al combate.

Todos los movimientos que parecía realizar, pese a que avanzaba, se veían meramente defensivos, y en sus ojos había miedo e inseguridad; aquella debía ser su última opción para tenerle tan tembloroso. No obstante, para el maestro aquellos eran actos que nunca había visto ni experimentado antes, y por lo tanto hubo de prestar mucha atención antes de entablar el combate.

Rápidamente, como un relámpago, dejó caer la espada sobre la cabeza el maestro, pero no sólo el ataque fue excelentemente bloqueado, sino que el contraataque por muy poco acaba matándolo a él. Los movimientos de espada que sucedieron a ese se volvieron impredecibles, veloces y sumamente peligrosos. Desenvolviéndose el combate con este estilo inventado, improvisado y a veces incluso involuntario, la ventaja empezó a cambiar de dueño; porque si había algo ante lo que no podía emplear plenamente su experiencia el maestro era ante lo nuevo; y aquí, donde tantos estilos y habilidades había aprendido su contrincante, estaba presente una evolución contra la que no podía imponerse.

El combate duró mucho menos esta vez. Sobrepasado y acosado en todo momento, incapaz de predecir las acciones y movimientos de su enemigo, el maestro empezó a recibir heridas en reiteradas ocasiones; y aunque en un principio sólo eran superficiales, recibió una herida en el brazo en que su espada era empuñada… y en ese momento todo acabó: Una rápida sucesión de cortes y estocadas bastaron para arrojar al maestro al suelo, con las ropas desgarradas y bañadas en sangre. El duelo había terminado.

El ganador, enfundando la espada y contemplando la agonía de su rival, se tocó la herida que éste le ocasionó y se sonrió. Luego de tanto tiempo sin hablar, rompía el silencio con sus palabras:

“Tenías razón. He aprendido una lección: No soy invencible; así que seguiré practicando. Sin embargo… ya no hay prisa. Contigo muere el último de mis problemas.”

Dicho esto, le dió la espalda y se dirigió de vuelta hacia el pueblo, con la última victoria entre sus manos, ya que se había llevado consigo la espada de su antiguo maestro. Nuevamente corrió hacia su dirección el impertinente estudiante, pero esta vez no le golpeó. Se contentó con desviar la estocada que el joven le dirigió y arrojarle al suelo con la mano que tenía libre.

“Fuera de mi camino, fracasado” Le dijo al marcharse. “Creo que tienes cosas más importantes de las que preocuparte… como enterrar a tu amo.”

Aquel gesto mayúsculo de desprecio, en el cual su oponente ni siquiera se había dignado a mancharse las manos con la sangre de alguien que consideraba en todo aspecto como un “ser inferior”, hizo sonreír al maestro de la manera más placentera que el dolor y la cercanía a la muerte le podían permitir, ya que la parte más crucial de su plan maestro había acabado… y había sido un éxito.

¿Cómo podría continuarse la esgrima con todos los maestros muertos? A través de aquel arrojado, imprudente e iracundo muchacho que había sido despreciado por alguien superior en habilidades. En él había depositado el maestro sus habilidades y conocimientos, para que los enseñara a nuevas generaciones. De ellos, algún día surgiría algún guerrero excepcional que pudiera oponerse al dominio único y egoísta de un solo hombre de la esgrima. No obstante, ¿Cómo podrían aprender las nuevas generaciones de alguien tan torpe y descuidado? Perfectamente bien: Además de los manuscritos elaborados para tal propósito, el maestro había invertido la enseñanza en su discípulo poco agraciado para hacerle aprender bien enseñándole erradamente. Sí. Todo estaba bajo control, aunque para ello hubiera tenido que pagar con su vida y su discípulo nunca hubiera comprendido sus intenciones.

Cuando el muchacho se acercó a él, y mientras el ganador del combate se marchaba, el maestro levantó su brazo con un increíble esfuerzo, y lo hizo reposar en el hombro del joven en quien el futuro estaba depositado.

“Amigo mío, déjame aquí sin preocuparte. Vete ahora, y enseña lo que sabes a todo aquel que desee aprenderlo.” Fue su despedida, y tras esas palabras de aliento a su último discípulo, aquel honorable hombre expiró.

Erguido nuevamente, el hombre al que se le había confiado la importante misión de mantener la continuidad de la esgrima se levantó, miró la silueta todavía vagamente reconocible del adversario que algún día vería su fin por mano suya o de quienes aprendieran de él, y dándole la espalda se dirigió hacia el sentido opuesto, hacia lo desconocido, a cumplir su destino.

—————————————————

“No puedo creer la barbarie y el primitivismo en que he caído. Mi búsqueda por ser el mejor me ha llevado a ser ahora el único ser viviente que maneja la espada de la manera correcta. Pero, ¿De qué me sirve, si la única función que ha tenido es destruir en lugar de proteger? Yo mismo he sido partícipe de ello. Tal vez el peor. Pero incluso aquel muchacho estaba dispuesto a dar su vida por el anciano y por una manera tan violenta de luchar y de matarse los unos a los otros. Aún le recuerdo: Era el peor de los discípulos. Es imposible que haya podido aprender (o aprender bien) del maestro, aunque no pongo en duda su lealtad y el valor que le hicieron quedarse con él hasta el final.

La esgrima sólo ha traído muerte y dolor a este mundo… pero ahora yo puedo cambiar eso, eliminándola para siempre. Tal vez incluso me redima por los crímenes que he cometido y que desde hoy han terminado. Tarde he aprendido la lección, maestro…

Ya no más. No volveré a empuñar la espada nunca más…”

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11 Comments

  1. Aunque tarde, hay lecciones que se aprenden aunque no haya sido a tiempo. Pero mas vale tarde que nunca.
    Besos
    Ana

    • Así es, Ana; pero las consecuencias de no haber aprendido la lección a tiempo son las que traerán las consecuencias a futuro en ese mundo, en el cual se abrió un círculo de odio que no podrá abandonarse fácilmente. Tomará varias vidas humanas siquiera el descubrirlo, y otras tantas mas el llegar a romperlo.

      Pero siempre estará ahí la esperanza, de todas maneras…
      Un abrazo

  2. Siempre he alabado lo fluido de tus textos más extensos: leerte no lleva más de 6 minutos y eso es señal de que utilizas un lenguaje ágil y las enseñanzas que recogen tus escritos son de naturaleza didáctica a la par que deliciosamente entretenidas.

    He notado en este escrito, que supone tu regreso a a red, una madurez y cierta contundencia en las descripciones que le han añadido impacto emocional a este escrito; en cierto modo puede llevarte a una curva ascendente que nos va a deparar obras de gran consistencia.

    Estupendo escrito, amigo mío.

    • José, me alegro mucho de ver tus letras nuevamente en este espacio :)

      ¿Tu consideras que hay madurez en mis textos? Esos son avances que yo no puedo percibir por mí mismo, pero que me parecen increíbles si puedes percibirlos tú o alguien mas. Espero que ese progreso continúe, entonces, para acercar más y más a la meta que tanto ansío.

      Un abrazo

  3. EEEEEEEHHHHHHHHHHHHH!!!! Yo te dejé un comentario!!! NO ESTA!

  4. UY, perdón, se me fue el dedo…
    Te decia que te deje un comentario y ya no esta ¿?¿?¿?¿?¿? Pues mira que estaba inspirada y ahora me da una pereza…
    Bueno, era algo asi como:
    Que entiendo perfectamente al alumno asesino pero no acabo de entender que pretende enseñarle el maestro… y como puede el alumno inútil ser un maestro mas adelante! No lo pillo, tendre que volverlo a leer.
    Ah si y que me ha gustado mucho, enganchada me has tenido y con cara de boba (fijo).
    Te extrañaba jejejejeje. Un besazo!

    • Que lástima, Nieves. Pero bueno, vamos desgranando tus dudas…

      Las pretensiones del maestro eran conseguir la continuidad de la esgrima a las nuevas generaciones. Para tal efecto convirtió a su único discípulo en un peón inconsciente del papel que estaba jugando y le usó como el único medio para lograr su meta. El alumno inútil, tal como explicaba en el relato, aprendió las cosas bien cuando el maestro le enseñó mal. La estructura era: “Enseñanza correcta = aprendizaje erróneo”, la que el maestro cambió para que el discípulo aprendiera. Así, “enseñanza errónea = aprendizaje correcto” terminó siendo la única manera de que la esgrima persistiera.

      Espero que eso se haya entendido mejor ahora. Sea como sea, te agradezco el comentario, la paciencia para escribir uno nuevo, y la lectura de este cuento.

      Un abrazo

  5. Interesante escrito amigo Daniel… siempre atrapantes… me puedo imaginar como prosigue… un final producto del Karma o un final producto de Redención para es “invencible” guerrero?
    Abrazo!

  6. tiene autor

    • Saludos!

      Me gustaría saber a qué te refieres con esto: ¿Alguien escribió una historia parecida? Si fuera así, me gustaría saber quien la escribió y donde puedo puedo leer dicha narración. Te estaría agradecido.


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